Durante algún tiempo estuve preguntándome con pesadumbre por qué no había terminado de funcionar mi relación con P. Lo cierto es que me gustaba mucho. Era divertida, pasional, alocada, guapa. Y sobre todo, me parecía un poco inmoral, una virtud o un pecado que a mí me venía muy bien. Yo era de natural tímido, poco lanzado a nuevas experiencias, apocado al lado de su grandiosidad. Porque ella era, además, alta, hermosa, enorme.

Aquel piso luminoso

P. vivía en un piso bajo reformado por su padre. Era modesto pero tenía ese toque que ella le ponía a sus cosas, tan personales y diferentes, en particular, fotos por todas partes, muy agrupadas y siempre a una altura media. “Los que cuelgan los cuadros altos son unos horteras, además de que no se pueden ver sin levantar la cabeza”, solía decir, mientras yo pensaba en un paisaje marino que mi madre tenía en el comedor casi tocando el techo y que siempre me pareció tenebroso.

Los libros los disponía a montones, como si fueran meros objetos decorativos, aunque sé que los leía a pares. Había muchos, sobre todo novelas, junto a ceniceros siempre llenos y botellines. Nunca he visto a nadie a quien le guste tanto la cerveza como a ella. P. decía que estaba gorda por eso. Que si fuera por la comida, sería igual que un hilo. “Parece que me he comido la tierra entera”, se reía de sí misma mientras acometía otro trago. También era P. graciosa e irónica. Con el tiempo me di cuenta de que eso le proporcionaba un escudo ante la adversidad. Cuando algo la superaba o enfadaba, se ponía sarcástica y un poco impertinente.

Negro y esquivo

El sótano recibía mucha luz a través de una ventana grande que daba a un patio ajardinado. P., que era diseñadora de publicidad, ponía en su alfeizar, botes llenos de lápices y rotuladores, velas, jarrones vacíos, más libros… Y allí estaba también Mijalis. Siempre atento a mis movimientos, esquivo y elegante a la vez. Pocas veces lo vi fuera de su rincón. Como era negro, temía cruzármelo en aquel piso tan pequeño y que me diera mala suerte. Sé que me miraba receloso y yo, para qué negarlo, le tenía poca estima. Cuando me acostaba con P. él se situaba debajo de la cama, era de los pocos momentos en que no estaba en su ventana. Yo no conseguía verlo, pero oía su runrún quedo y molesto. Parecía un aviso: “Te vigilo, cuidado con lo que haces”

Yo no conseguía verlo, pero oía su runrún quedo y molesto. Parecía un aviso: “Te vigilo, cuidado con lo que haces”

Un día le pregunté a P. por qué su gato se llamaba así. El nombre, cuando menos, era raro. Me contó que el felino se lo había regalado un novio anterior que era griego, Dimitri, y que como provenía de la misma Atenas, Mijalis le pareció una forma muy antropológica de llamarlo, así no olvidaría sus orígenes. O sea, que el compañero de piso de mi novia era tan griego como Platón y por lo que comprobé daba la impresión de que era capaz de pensar, como los filósofos de la época. Mi sicosis fue, a partir de aquel instante, en aumento.

Un fin de semana, en que yo había comprado unos billetes para ir a Asturias juntos, P. me dejó compuesto en la estación de tren. Me explicó que Mijalis estaba enfermo, quizás por la nostalgia que sentía ante su partida. ¿Cómo se podía ir así a Asturias o a Tumbuctú en ese estado de nerviosismo de su gato? Ninguno de los dos lo iba a pasar bien. Mejor quedarse. Aquello, lo reconozco, propició una desconfianza creciente hacia mi estrenado romance.

También empecé a sentir rechazo por el piso de P. Aunque trataba de evitarla, notaba siempre sobre mi cogote la mirada inquisitiva de Mijalis. Un día llegué a imaginar que el animal era la metamorfosis del novio que tuvo P., no porque se hubiera muerto (seguía vivo, como supe), sino porque le había imbuido algún pensamiento tóxico que lanzaba contra mí, a modo de venganza. Hasta que una tarde P. tuvo que salir de casa de forma imprevista porque había habido un problema con un cartel suyo que estaban imprimiendo. Me vi de repente a solas con Mijalis, y sentí, juro que fue así, que me hablaba y me decía: “Largo de aquí ahora que estás a tiempo”. Me fui, desde luego que sí. Y no volví, claro.

P. me llamó insistentes veces, pero me vi incapaz de descolgar y explicarle lo que me sucedía:  pensaba que su ex novio heleno se había reencarnado en un gato fiero, antipático y celoso. Creo, firmemente, que no lo habría entendido.