Eran las doce de la mañana. El día había amanecido bastante frío, el viento soplaba con fuerza y una delicada pero molesta lluvia caí incesante. Mientras, Berta recogía los cristales de uno de los muchos vasos que esa semana se habían roto. Su resistencia estaba al límite. Imploraba a dios fuerzas para continuar por ellos, dos pequeños de ocho años que eran el único motor de su vida.

Las lágrimas resbalaban por su rostro teñido de arrugas no por la edad, pero sí por el sufrimiento. Apenas tenía 35, pero su alma estaba tan curtida como la de una anciana de 90. Él acababa de cerrar la puerta. Al fin… tenía seis horas de tranquilidad.

Desde hacía meses tenía serios problemas para discernir lo que duraba mucho de lo que duraba poco. Tres minutos de golpes e insultos equivalían a esas seis horas de calma tensa… Era lo que le había tocado y lo que tocaba aguantar por ahora. Todavía no podía decidirse. No era una cobarde, sino una luchadora porque callaba por ellos, para que en un futuro pudieran disfrutar del grito de la libertad.

Lo que esconden las mascarillas

Apenas quería mirarse en el espejo… no reconocía la imagen de esa mujer. Qué pena tan grande… balbuceó mientras terminaba de aplicar con esmero y ya casi maestría el corrector…

Llegó a la puerta del colegio, respiró hondo y decidida interpretó a la perfección el papel de madre feliz. Conversaciones banales y risas por las mascarillas…

Chica, no sé por qué a la gente le molesta llevar mascarillas… Son lo más, mira hoy he visto a mi vecina del quinto. No la soporto… me he hecho la tonta… de poco ha servido porque enseguida la muy bruja me ha pillado. Pero con un simple ‘no te había reconocido por la mascarilla’… problema solucionado.

Pues eso digo yo, hace que no me hago el bigote meses. Total, si no se ve…

Sí, tú ríete… Verás el día que nos quiten el bozal, la de arrugas que vamos a tener…

Berta sintió una punzada en el alma, como aquellas mujeres, ella también sabía lo útiles que eran las mascarillas. Pero en su caso para disimular su dolor, para evitar que los ojos ajenos y curiosos descubrieran que su labio estaba reventado, que su mejilla ardía todavía por el bofetón que él le había propinado esa mañana porque el café estaba más caliente de lo habitual.