Le dolía desde hacía días, demasiados, según su mujer. Se iba a dormir con el mismo malestar con el que se despertaba, y durante el sueño notaba que esa presencia  molesta continuaba revolviendo su cabeza. Su mujer se puso pesada y a él no le quedó más remedio que acudir al médico. Tenía escasa costumbre de visitarlo así que le sorprendió ver que de la consulta salía una joven de pocos años más que su hija, de aspecto menudo, pero decidida, por el tono imperativo con que lo llamó. “Rodríguez, Pedro Rodríguez? Soy yo, respondió él. Entre y cierre”.

Él le contó sus síntomas, ella tomaba notas. El se calló, ella no hablaba. Él le preguntó por fin qué hacía para sentirse mejor. Ella le miró como su hija le miraba cuando le pedía dinero, con cara de buena y finalmente le dijo: “No creo que le pase nada. Dolor de cabeza tenemos todos. Duerma y coma mejor”.

-“Bueno, usted no me ha preguntado cuál es mi dieta y cómo duermo”, respondió él.

-“Y dígame, ¿come y duerme bien?”, insistió ella, observándole de nuevo como si su hija estuviera dentro de esos ojos marrones y algo malévolos.

-“Mal, como y duermo mal”, suspiró él.

-“Pues entonces, hágame caso. Y sáquese de la cabeza esas ideas que le atormentan, conviértalas en algo sano, sea práctico, o creativo, o lo que quiera que sea usted. Pero borre de su interior todo eso que le vuelve loco. Le entrará el sueño y el apetito”.

Su mujer se río cuando él le contó su visita médica. Incluso al ver la receta, ella advirtió que las pastillas que debía tomar un par de veces al día eran un placebo, como las gominolas o los caramelos de menta.

-“¿Y tú cómo lo sabes?, la interrogó su marido consternado.

-“Son las mismas que tomé yo cuando me obsesioné con que se me dormían las piernas. El médico me dijo que no tenía nada, que esa sensación estaba en mi cabeza, que paseara y me tomara esto. He de decir que se me pasó”.

El marido se levantó, tiró la receta a la basura y se sentó en su mesa de trabajo. No sabía bien para qué, pero encendió el ordenador y se puso a escribir cosas inconexas. Estaba seguro de que no lograría nada decente, como casi nunca, pero al menos notó que la tirantez de su nuca se aliviaba. En veinte minutos, lo que dura un desayuno un domingo, había escrito algo parecido a un relato. Toda su vida queriendo ser escritor y un dolor de cabeza le había demostrado que no era tan imposible. Quizás sólo una locura. Qué cosas.