Amor animal

Amor animal

Mi primo Ramón siempre fue un bestia. En la pandilla del pueblo todos le temían porque se peleaba por cualquier cosa, no te digo si era una novia. Al que la miraba un segundo de más se le encaraba con su grosero vocabulario. Y si el presunto ofensor se atrevía a defenderse, entonces sacaba el puño a pasear y allí empezaba el lío. No conozco a nadie que haya estado más veces en el cuartelillo que mi primo. De amigos andaba corto. Él creía tener muchos porque el miedo hacía que los chavales se le juntaran. Como era generoso, al final les caía un botellín o un piti y al día siguiente volvían a encontrarse en la plaza como si fueran los mejores colegas del mundo.

Yo no me consideré nunca su amigo, a pesar de ser familia. Su brutalidad me repulsaba y huía en cuanto lo veía. De niños nos entendíamos mejor porque aún no le había entrado el virus del puñetazo a destiempo y era ocurrente como él solo. Todo lo divertido que sucedía en aquel pueblo salía de su cabeza peleona. Tenía una avidez proverbial por meterse en jaleos, al principio situaciones de poca monta, como robar las ciruelas del huerto de Rufino, que era de todo menos simpático. También mostraba una tendencia natural a arruinar la misa del domingo. Si mosén Antonio lo ponía de monaguillo fingía debajo de la túnica todo tipo de guarradas. Y si lo castigaba sin ser su ayudante, se dedicaba a hacer ruidos desde el banco. Una vez se llevó una cazuela y con la tapa se puso a dar golpes mientras mosén trataba de leer el Evangelio. Cuando consiguió echarlo, Ramón cerró la puerta de la iglesia por fuera y luego no podíamos salir. Estuvimos rezando el Rosario por su culpa media hora larga. Travesuras de niño, decía mi tía para justificar que en el pueblo no lo quisieran ni en pintura.




Las cosas se torcieron entre nosotros cuando cumplimos 18 años. Yo aún me iba a matar gorriones de vez en cuando con él por los campos. Y quedábamos a fumar a escondidas en la era con un vino peleón que tenía su padre. Le gustaba que le contara cosas que me pasaban en la ciudad, aunque la mayoría me las inventaba porque en realidad mi vida consistía en ir del instituto a casa y poco más. Una mañana me explicó que como él no quería estudiar más y mi tío lo daba por perdido, lo mandaba a cuidar a las vacas. Al principio, dijo, no le gustaba nada, porque las tenía que ordeñar y limpiarles la mierda todos los días. Pero vio que no tenía otra salida que seguir volviendo, o mi tío lo ponía de patitas en el huerto. Me contó que el tema en sí no era tan malo y que como estaba solo, se le había ocurrido una forma de distraerse y de que las vacas dieran más leche. Me pidió que le acompañara al día siguiente y lo vería con mis propios ojos.

Llegué una media hora después que él al establo donde campaban los animales, por lo menos una docena limpias y lustrosas. Encontré a Ramón sin camisa y como alborotado. Las vacas, sin embargo, estaban tranquilas, así que en efecto daba la impresión de que las cuidaba con mimo. Me hizo pasar y me dijo que me desvistiera al tiempo que él se quitaba el pantalón y el calzón. De pronto, lo vi desnudo delante de mí. Por un instante pensé que iba a asaltarme, que yo le gustaba y allí mismo me iba a violar. Estaba tan paralizado que no podía ni moverme.

Por un instante pensé que iba a asaltarme, que yo le gustaba y allí mismo me iba a violar

-¿Quieres saber por qué dan tanta leche estas zorras?, me preguntó. Como no podía responder viendo su miembro moverse al aire, él siguió hablando. -Porque les gusta el sexo. Y a ti también te va a gustar cuando lo pruebes. Yo era a esas alturas tan virgen como mi hermana de 7 años. Sabía cómo meterla por lo que había visto en los cómics prohibidos de mi padre. Pero no conocía aún a chavala alguna que quisiera echar un polvo conmigo. Quise salir corriendo ante la amenaza de que una vaca fuera mi primer amante. Pero algo me retuvo allí, un deseo que no conocía y que, sin embargo, me gustaba. Seguramente ver de repente a mi primo montando aquella vaca de manchas pardas como si fuera un vaquero, mientras empujaba con todo su empeño, me pareció el espectáculo más indescriptible que había visto jamás. Ramón penetraba a aquel animal como si fuera la última mujer sobre la tierra, mientras sudaba y emitía quejidos de puro gusto.

Mi persona se debatía entre huir de aquel cuadro lamentable y consumar el orgasmo que me producía sólo la escena. Y sin saber cómo, yo también me vi en pelotas. No tuve que insistir mucho en que mi sexo respondiera a mis estímulos. Me subí en un poyete junto a una vaca negra que parecía un toro y sin el menor miedo busqué ese agujero, que se me antojó blando y esponjoso como la nata. Me abracé a su grupa como si hubiera sido un flotador en el océano junto a mi barco hundido y, como Ramón, comencé mi propio baile dentro de ella. Cuanto más me movía yo, más calma estaba la vaca y más placer experimentaba mi cuerpo. Me corrí como un volcán. Estaba tan exhausto que aún me quedé unos minutos tumbado a la espalda de mi improvisada amante. Cuando me bajé de ella mi primo llevaba ya puesto el pantalón y había empezado a ordeñar a su vaca, que daba una leche blanca, abundante y voluptuosa como el semen que yo había dejado dentro de su compañera. Quizás era la leche que producían los espasmos de Ramón, y ahora los míos, en esa orgía animal que yo había secundado con delirio. La embotellarían y la venderían por litros, como si nada de lo vivido allí hubiera sucedido.

Después de aquello volví a ver a mi primo sólo un par de veces. En su boda con Lara, que no tenía cara de ternera, sino que era monísima y delicada como una flor, y en el entierro de mi padre. Agradecí que viniera, aunque me violentó que en semejante situación me preguntara si tenía novia. Volví a ver junto al cadáver cetrino de mi padre aquella vaca negra y afectuosa, mugiendo como si me dijera “te quiero”.