Alberto Pinteño, redactor jefe de la revista Harper´s Bazaar y amigo de quien esto firma, ha escrito un bonito artículo sobre la conveniencia de revisar nuestras lecturas mirando hacia los clásicos o, como él sugiere, hacia los genios. Culto y lector refinadísimo, Alberto apuesta por una serie de títulos que ensanchan el saber. Con su permiso y bendición le he copiado la idea, porque con el verano y las vacaciones (más merecidas que nunca, y no es literatura) me parece muy refrescante volver a los autores que según los cánones académicos han legado una obra que trasciende los siglos. Es cierto que la definición de clásico es muy vasta y con frecuencia se somete a debate, nunca resuelto del todo. En estricto sentido temporal, clásicos son los griegos y los romanos. Pero ¿entonces qué hacemos con Pardo Bazán, Shakespeare, Chejov, Balzac, Jane Austen, Lope de Vega, Henry James, las hermanas Bronte…?

Según Borges

Jorge Luis Borges, él mismo considerado un inmortal de nuestra era, escribió un ensayo de este tema, Sobre los clásicos, para concluir que es peligroso insistir en limitar esa categoría literaria: “El carácter clásico de un libro viene dado no por sus méritos o cualidades, sino por las decisiones de los lectores”, decía. En definitiva, sólo nosotros decidimos qué perdura y por qué. Tuviera o no razón el autor de El Aleph, y como insiste mi otro buen amigo Javier Fernández de Angulo, autor de la amable ilustración que hoy nos ocupa, siempre hay que volver a los clásicos, a ese placer semi olvidado.




Carlos Ruiz Zafón

Para ello, varios conocidos han respondido a mi demanda y han elegido el suyo, su clásico favorito. A mí, todos los escogidos me parecen excelsos. Y quién sabe, quizás ahora que Carlos Ruiz Zafón ha muerto prematuramente (55 años), su novela La sombra del viento (15 millones de libros vendidos) se convierta también en un clásico de los años modernos. Lectores le sobraban para conseguirlo.

Alberto, periodista, 40 años. Un tipo encantador, elegante, risueño. Nos conocimos en el Planeta. Siempre digo que los premios traen cosas buenas: “Si tuviera que decantarme por uno que me impactó sería De profundis, de Oscar Wilde. Cuando me contaron de su existencia tuve que encargarlo a una librería antigua de Londres (era una obra casi descatalogada) y mientras iba leyendo línea a línea más me estimulaba la prosa de Wilde -¡y su vida!-. “De profundis es el título que se dio a la larga carta que Wilde escribió a su amante y joven amigo Bosie desde la cárcel de Reading, donde cumplió la condena que se le impuso por cometer “actos homosexuales”, o sea, por amar… Es el retrato más íntimo de la vida de uno de los mejores literatos de la historia. Amar debe ser libre”.

De profundis. Libros clásicos para el verano

María del Prado, catedrática de escuela universitaria de Literatura Española, 87 años: La madre de mi gran amigo Carlos, jubiladísima, subraya ella, y lectora voraz, demuestra que la mente activa es la mejor medicina contra la edad y el tiempo. “Torquemada en la hoguera, de Benito Pérez Galdós. Entretenida y muy personal recreación del tipo literario del avaro. Porque don Francisco Torquemada, prestamista poco escrupuloso, es un carácter complejo y, gracias a su peripecia vital, accede al lector a una parcela reducida pero significativa de los finales del siglo XIX”.

De los griegos

Eliseo, periodista, 54 años: Casi un hermano de mi hermano, escritor, irónico, analista de la vida y crítico de la sociedad. “Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, sino de un colchón de lana de Segovia, cuyo asfixiante calor me impedía pegar ojo en las noches de estío madrileño. De la locura me salvó -o no- una versión abreviada de La Ilíada, (Homero) de la Editorial Vasco Americana, que releía en bucle hasta caer rendido con el frescor del alba, bañado en ardiente sudor como Héctor vencido y desangrándose ante Aquiles”.

La Iliada. Libros clásicos para el verano

Rosana, diseñadora, 57 años: Un amor de persona, excelente compañera en este blog, eficaz y paciente. “Cien años de soledad, de García Márquez. Leí el libro cuando era muy joven. Al principio te abruma un poco por la cantidad de personajes que aparecen en la novela, pero tiene su recompensa el ver el peso de la historia y las costumbres a lo largo de generaciones. Lo que más me sorprendió y me enganchó desde el principio fue esa mezcla de lo maravilloso con lo cotidiano. Definitivamente, este libro me abrió la mente a la forma tan especial de ver la vida de la cultura hispanoamericana”.

Javier (Morrosco), periodista, 58 años: Nos unió en otro siglo la tensión y también la diversión. No hay fronteras entre México, donde vive, y nuestros afectos. “Hay muchos a los que venerar, desde el Arcipreste de Hita hasta Proust. Pero Francisco de Quevedo representa dos cosas que amo, el humor y la poesía. Se burlaba de las cosas sagradas y cantaba a la sátira y al amor con igual destreza”.

Rosa, diseñadora gráfica, 70 años: Amiga de verdad y a veces madre. Su calma es un remedio contra mis prisas y dolores. “Mi primer clásico creo que fue Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens. Lectura obligatoria en mi familia, que me hacía reír y llorar con fuerte carga de inocencia y aventuras disparatadas en un viaje de Pickwick, fundador del Club, alrededor del mundo con sus amigos. Muy divertido, aunque no creo que lo lea ningún niño ahora. Ojalá me equivoque”.

A los rusos

Eduardo, físico, 56 años: Conversador infatigable, curioso y avezado compañero en la tarea de aprender a escribir. “Juguemos un juego: nombrad una novela de Leon Tolstoi que no sea Anna Karenina ni Guerra y Paz. Difícil, ¿verdad?. A veces ocurre que la obra (u obras) cumbre de un autor oscurecen al resto. En el caso de Tolstoi esto es particularmente cierto; ¿quién ha oído hablar de su novela Resurrección? Y sin embargo, es una obra injustamente olvidada. Yo la leí casi por casualidad hace años, y desde entonces no paro de recomendarla. Quizás es la novela de Tolstoi en la que más se refleja la injusticia social que prevalecía en la Rusia zarista. Para mí es un clásico, porque aunque el contexto ha cambiado, la Rusia zarista ya no existe, sus personajes se enfrentan a dilemas atemporales, todavía vigentes hoy”.

Silvia, pianista, 60 años: Vecina de mi infancia me enseñó a ver cine prohibido, a leer cosas no aptas y a tocar el piano. “Mi aproximación a Yasunari Kawabata, primer japonés en ganar el Nobel, en 1968, fue en la adolescencia, con la novela País de nieve. Esa fue también mi primera aproximación al Japón tradicional, al de los kimonos, las gheisas, los cerezos en flor y la importancia de los gestos simples en apariencia. La lectura de esta novela, de una belleza sutil y enigmática, me produjo un sentimiento curioso y profundo que no me abandonó nunca. Me abrió la puerta al descubrimiento de otras culturas, de otro tipo de literatura, muy distinta de la occidental, de la que sería presa para siempre”.

Nuria, abogada, 56 años: Unen tantos años de compartir colegio, excusiones campestres, roscones de reyes y vida de barrio tranquilo. “La primera vez que leí El Quijote tenía quince años y me entusiasmó su originalidad y la peripecia que narraba. En la siguiente lectura me deslumbró como una obra inagotable, en la que siempre se pueden seguir descubriendo, y sobre todo, saboreando, nuevos aspectos. Como cualquier obra maestra toca las cuestiones fundamentales del ser humano, siempre atemporales. Sus personajes principales, a los que Cervantes trata con un cariño exquisito,  lejos del cliché desbordan humanidad, mezclando esos aspectos grandiosos y ridículos, prácticos e insensatos, fantasiosos y escépticos que confluyen en todo ser humano. Y las reflexiones, la crítica a la sociedad y a la literatura banal, la defensa de la integridad de quien apuesta por sus valores,  el genial arranque de la segunda parte en la que los personajes son conscientes de su condición de tales a la vez que irrumpen en la realidad, las micro-novelas que contiene…”.

Yo: muy feliz y agradecida de contar con gente interesante en mi entorno que, desde su conocimiento, me ha ayudado tanto en este post. “Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, es de los libros más conmovedores que he leído nunca. El abogado Atticus Finch educa a sus dos hijos en la tarea de defender la libertad en una América racista y sectaria (muy parecida a la de ahora). Sus diálogos, la relación familiar, el paisaje, el derecho como arma de verdad…convierten esta novela en una obra maestra de la sensibilidad y el coraje”.

Matar a un ruiseñor. Libros clásicos para el verano

Como tituló Alberto Pinteño su artículo, leer a los clásicos es vivir dos veces. Vivamos, pues.