El francés Pierre Lemaitre, uno de mis escritores predilectos, publico su primera novela, Irene, a los 55 años. No era precisamente un chaval. Hasta entonces se había dedicado a la sicología, lo que dio innumerables armas para retratar a unos personajes complejos con los que edificar novelas memorables: Nos vemos allá arriba, Vestido de novia, Los colores del incendio, la saga de Irene con su inspector Camille Verhoeven… No ha sido un autor temprano, pero sí prolífico y exitoso de ventas y premios. Tiene, entre otros, el prestigioso Goncourt, que viene a ser como el Cervantes francés.

Que Lemaitre estuviera más cerca de la jubilación que de la creativa juventud cuando empezó me anima a pensar que quizás otros con aspiraciones novelescas tengamos un hueco reservado en alguna estantería de las historias bien contadas. Por si mi inspiración se desborda en busca de esa obra maestra futura, me he apuntado a un taller de escritura. Todos los viernes voy hasta el centro de Madrid, donde se ubica Fuentetaja, para asistir a bulliciosas sesiones en las que otros aficionados a la cosa literaria buscan lo mismo que yo: escribir algún día como nuestros autores favoritos. Difícil, si una cree que ese don no se le ha concedido a todo el mundo, pero por intentarlo, que no quede.

Es sabido que me gusta recabar la opinión de gente cercana para ocasionalmente exponer sus recomendaciones, siempre fundadas y basadas en gustos personales. Esta vez admito cierto reparo en la tarea. Mis compañeros de mesa son muy exigentes en sus lecturas y en sus ambiciones artísticas, lo que me otorga una gran responsabilidad para contar bien quiénes son ellas y ellos y lo que leen.

Pero vayamos al lío, un lugar común que el siguiente personaje que voy a citar me tacharía por ser demasiado fácil. El director de esta curiosa orquesta en fase de ser afinada es el escritor, poeta y traductor Antonio Romar (Diversos estados consulares, Aquelarre: antología del cuento de terror español…). Antonio se enfrenta semanalmente a un grupo de aprendices preguntones, irónicos, descarados, poco aplicados a veces, susceptibles, incrédulos, sabelotodos (a mí me llama la listilla)… Eso sí, todos sumamente interesados en aprender, que no es poco, y en pasarlo bien en ese aula de la calle Cervantes. Por cierto, el callejero no pudo mostrarse más generoso para la misión que nos hemos propuesto.

Antonio, con el que mantengo algunas fricciones a cuenta de poetas que yo adoro y él no tanto, es paciente, entretenido, desmemoriado, interesante, apasionado y algunas otras cosas más que lo convierten en un tutor comprensivo con el personal. Como la autoridad hay que respetarla, comienzo mi lista con su propuesta y su razonamiento: Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino (Siruela). Por qué: “Es un libro que se mira a sí mismo, se flexiona para reflexionarse y se mira en un espejo que es él mismo, donde el lector se descubre asombrado contemplándose”, señala nuestro profesor.

Italo Calvino. Aprendices de escritores

Carla Llavador tiene 17 años y es estudiante de segundo de bachiller. Aunque ella no lo ha dicho, yo estoy segura de que es la alumna responsable y brillante que todo profesor querría tener en su clase. Amante de la lengua y de la literatura le auguro un porvenir talentoso. Recomienda Carla La trilogía de Claus y Lucas, de Agota Kristof (Libros del Asteroide). Por qué: “Por ser un reciente descubrimiento que podría definir como impactante, directo y brutal”. Habrá que leerlo, Carla.

Eduardo Hernández es físico especialista en materiales, total nada. Callado, culto, educadísimo… Eduardo podría pasar la vida recomponiendo teorías sobre los meteoritos, pero le mueve el afán por la escritura. Su notable sugerencia es esta: Operación Dulce, de Ian McEwan (Anagrama), su escritor favorito. Por qué: “Este libro es pura metaliteratura, por usar un término que hemos visto recientemente en clase”. Es decir, el autor introduce comentarios y añadidos sobre un argumento para enriquecer la trama. Una opción apasionante McEwan.

Operación dulce. Aprendices de escritores recomiendan sus libros

Raúl Pavón es funcionario y encarna el lirismo puro. Discute con sus amigos sobre la buena literatura y ama a Proust. Sus risas son grandes, como él, que parece un jugador de rugby. Tiene el don de encajar bien las críticas y cree en su capacidad, lo que me encanta. Raúl me propone varios títulos, pero me quedo con un libro precioso y doloroso que yo leí hace años, Paula, de Isabel Allende (Plaza & Janés). Por qué: “Me encanta como aprendizaje y por la belleza de la explicación de cómo superar el duelo de la muerte de un hijo”. Otro día hablaremos de otras grandes elecciones suyas, como mi admirado Torrente Ballester.

Paula. Aprendices de escritores recomiendan sus libros

Y termino esta primera parte con otra aspirante encantadora. Cuando la vi con su trenza blanca, pensé: “Se parece a otra Gloria, Fuertes”. Dulce y tímida, Gloria Regueras acude puntual con su cuaderno ordenadísimo y escucha como si todo se quedara en su cabeza. Escribe episodios de su vida que parecen relatos de ficción, con nostalgia y mucha ternura. Esta jubilada con tiempo para su pasión recomienda La trilogía Century, de Ken Follet (Debolsillo). Por qué: “Porque se narran los acontecimientos del siglo XX desde la primera guerra mundial hasta la guerra fría a través de varias familias que resultan entrelazadas˝.

Kenn Follett. Aprendices de escritores recomiendan sus libros

Muchas gracias a mis compañeros. En unos días, daré el resto de recomendaciones. Os espero.

1ª parte