Soy de las afortunadas que este convulso año ha podido irse de vacaciones de verdad, de carretera, manta y mascarilla. He abandonado mi trabajo durante unas semanas, he hecho las maletas (tres en concreto) y he gozado de un estupendo viaje en busca de pueblo, playa y bosques frondosos. Destinos bien diferentes que me han permitido romper con la precariedad y el miedo que siguen suspendidos en forma de virus, botellones, contagios y el rumor sicológico de nuevas medidas extremas que, Dios nos asista, no querríamos revivir ni en pintura.

Pero no permitamos que el pesimismo desvíe el objetivo de este rato, que no es otro que sintetizar mi feliz mes de julio en torno a personas queridas, buenas y largas comidas, la casa de toda la vida, atardeceres sobre las olas y sobre un gin tonic, paseos entre helechos y, desde luego, libros. A mí el verano me pone en bandeja la lectura con pausa. Es como si lo que leo me sentara bien, igual que un vino rico o un helado por las tardes. Nada se me indigesta, al contrario, los libros me caen como si fueran un Pastel Ruso, mi preferido, el que me hace segregar jugos gástricos sólo con imaginarlo.

Mi menú literario de este verano ha sido, de momento, sabrosísimo. Y si bien he vuelto a la oficina y estoy inmersa en pesarosos trámites propios de mi condición de madre de hijos universitarios, seguiré enriqueciendo ese festín con nuevas ideas. Queda mucho sol por delante. Por ahora, voy a recomendar varios títulos que, en el fondo, carecen de estación y que merecen una parada. También geográfica. Porque los libros y sus autores siempre viven en los lugares.

Un autor inglés para unos días en Huesca

En Siétamo, un pequeño pueblo entre el Somontano y la Sierra de Guara, está la casa de mi madre. No muy grande, de muebles vetustos, fotos amarillentas, una cocina luminosa y muchas moscas. Mis planes son sencillos: dormir, piscina, bicicleta, correr por el campo, algún café con amigas y lectura en la butaca que tapizó mi tío Mariano. Este año, Paqui, la bibliotecaria del pueblo (todo un honor que exista una para un lugar con tan pocos habitantes), me ha prestado Expiación, de Ian McEwan (Anagrama). Me ha gustado tanto tanto, que lamento no haberlo leído mucho antes.

Ian McEwan. Libros y lugares

Una rica familia en la Inglaterra de 1935 afronta un episodio de consecuencias insospechadas que sitúan posteriormente a sus personajes en la II Guerra Mundial, dominada por las bombas y también por afectos contrapuestos. El estilo de este escritor inglés es exquisito, profundo, denso. Sus descripciones recorren esta gran novela con escenas memorables, como cuando la protagonista se mete semi-desnuda en una fuente a rescatar un jarrón roto. O la vida en los hospitales de la época, con soldados destrozados y enfermeras llevando su blancura por los pasillos. Es un juego de cajas chinas, como varias historias en una que salen del pecado y del arrepentimiento tardío. Sinceramente, extraordinaria.

Portugal o risas con Woody Allen

Cerca de la bella localidad de Óbidos está Bom Sucesso, un paraíso en el mundo. Ahí no poseo casa alguna, ya es pena. Pero sí tengo a dos personas generosas, cálidas, divertidas y tremendamente hospitalarias que nos invitan a la suya. Ana y Germán me han dado la posibilidad de pisar el mar tras estos meses de encierro y temor por lo que hay más allá de las paredes. Y de reírme sin parar, de ver lugares nuevos y de arrasar con el bacalo del país. A este viaje me ha acompañado A propósito de nada, de Woody Allen (Anagrama), las memorias de un sujeto por el que siento una admiración ilimitada pero que es contradictorio, inseguro, irónico, maniático… y genial.

Woody Allen. Libros y lugares

La autobiografía va y viene, en un amenísimo zigzag, por su larga vida (84 años), sus películas (la mayoría me chifla), sus controvertidos amores, su proverbial privacidad, sus peleas con el clarinete, sus angustias y todo su ego sarcástico e inmortal. Es un título divertidísimo, aunque la portada sea negra con letras blancas, en honor a la tipografía que usa en todas sus obras. Cuando lo estás leyendo te parece que oyes también la música inconfundible de sus guiones. Genio y figura hasta la sepultura, este Allen fundido para siempre con Nueva York.

Orense en francés

En A Carreira, una aldea orensana de tres casas, da la bendita casualidad de que pasa sus vacaciones mi amiga de la infancia Mariló. Aunque tiene cuatro hijos, este verano la he pillado sola, con su alocado perro que abre las puertas como un humano y se baña en el río a pesar de la gélida temperatura, la nevera llena y un pulpo a feira comprado en la plaza del pueblo de al lado tierno como un algodón. En ese rincón silencioso donde es posible perderse por la naturaleza inhóspita que lo rodea, la lectura es casi obligación. No hay televisión, para empezar. Y sólo se oye el pasar de las páginas. Hasta allí me he llevado Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaitre (Livre du Poche, en versión francesa).

Pierre Lemaitre. Libros y lugares

Lo había intentado ya, pero se me resistía el idioma. Situada en la primera Guerra Mundial, esta novela, por la que Lemaitre recibió el Premio Goncourt 2013, es más que un episodio bélico. Ante todo es la unión de dos soldados que cruzan sus destinos, uno rico y otro pobre, con la de un teniente corrupto. Los tres se reencontrarán tras el conflicto armado en una Francia dividida que intenta hacer negocio con sus muertos.

Y como no hay tres sin cuatro, aprovecho la estela de Lemaitre, un escritor que me fascina por su versatilidad, para recomendar antes, incluso de leerla, su próxima novela. Se va a publicar en España a finales de agosto: El espejo de nuestras penas (Salamandra). Con ella cierra la trilogía Los hijos del desastre que comenzó con la citada Nos vemos allá arriba y siguió con Los colores del incendio. Bienvenidos al mapa de las letras de este caluroso tiempo de disfrute.