Atribuyo a la absurda idea de que nací en pleno julio mi pasión extrema por el verano. Adoro las temperaturas ardientes, el mar con orillas plácidas donde leer hasta que me duele la espalda, los vestidos anchos, las sandalias de cuña y esparto, el moreno que te quita años, las comidas con vino blanco, las citas con amigos a deshora, las larguísimas novelas que marcan el ritmo del reloj y que cuando terminan indican que algo bueno está también a punto de acabar. Soy carne de calor y de sol, qué le voy a hacer.

Tengo la suerte de estar entre los vacunados con la pauta completa, según rezan los protocolos sanitarios. Por eso, este verano que sopla ya próximo se presenta apetecible y más seguro, pero también de contenido respeto. La pandemia continúa, aunque estemos deseando arrancarnos la mascarilla. Aun así, soy de quienes opinan que el buen tiempo es una especie de vitamina prodigiosa: la luz sin fin nos hace más optimistas y consigue que vuelvan los recuerdos de la infancia y adolescencia, de esas vacaciones eternas e incomparables. Irrepetibles en la memoria.

Al pueblo

En mi familia no había ningún apartamento de verano en una playa levantina, andaluza ni asturiana. Nosotros teníamos pueblo, como Paco Martínez Soria. A finales de junio, mi padre nos metía en el Seat 600 (llegamos a ir 8 contando a mis primas que son altísimas y a la perra Massiel) y nos aparcaba en la Huesca más árida para que liberáramos toda la adrenalina que el curso nos había secuestrado. Tres meses como tres soles. A partir de allí, todo se repetía felizmente: pantalón corto y maripis (zapatillas de tela y cordones), greñas impracticables, mucha mugre en los pies que mi tía Teresa nos obligaba a quitarnos en un balde antes de meternos en la cama y escasas duchas. Vestidos de lazo y propina los domingos, alguna visita aburrida y gaseosa El Tigre que nos hacia eructar con poca elegancia. También rememoro fielmente el olor a higuera mezclado con pan recién hecho, esos bocadillos kilometricos de longaniza con tomate, una bici que compartíamos a turnos los tres, árboles, río, y eras sin fin y sesiones de costura a la hora de la canícula, cuando los amigos dormían la siesta. A mi hermano lo ponían a hacer deberes y a nosotras, a bordar manteles. De esta sexista costumbre nació probablemente mi gusto por los libros. Habría matado porque mi tía Pilarin, la maestra, me hubiera puesto a leer el Ulises o la Biblia, en lugar de hacer punto de cruz en una tela de saco. Pero de todo se aprende, y aún conservo algún cojín primoroso por casa.

Felicidad total

Con los años sustituí mi nula habilidad por la aguja y la calceta por la lectura. No concibo las vacaciones sin varios títulos que abunden en mi placer en la época más placentera del año. Es como tomarse un tinto de verano en un chiriguinto al caer el sol, o bañarse en el Atlántico cuando el sol quema, o enamorarse a los 15 años de esa persona que sólo ves en bañador turbo unos días y algunas noches y crees que es el amor de tu vida. Yo lo llamo la felicidad total.

Cierro aquí mi álbum de nostalgias y abro mi lista de sugerencias estivales de este 2021. Es variada, como los viajes que me gustaría realizar, casi seguro imposibles, y otros muy soñados. Gran y calmo verano a todos. Y que vuestros planes se cumplan. Leyendo siempre.

· Óbidos (Portugal): Las doncellas, de Alex Michaelides (Alfaguara). A uno de los paraísos en la tierra (gracias Ana y Germán), me llevaría esta novela negra sobre pérdidas, asesinatos y relaciones peligrosas. Me encantó La paciente silenciosa, un thriller diferente y profundo, muy sicológico. Por eso me lanzo a este nuevo título sin pensármelo.

Libros para el verano

· El país Vasco Francés: Por este hermoso territorio anda una de las cosas que más quiero en el mundo, mi hijo. Hasta allí me gustaría llegar con Un amor, de Sara Mesa (Anagrama). Nat se traslada a un pueblo a trabajar de traductora. Sus vecinos, seres raros y opuestos, marcan una notable huella en su día a día, especialmente uno que le pide sexo a cambio de arreglarle el tejado con goteras. Angustiosa a la vez que te atrapa sin remedio.

· Siétamo (Huesca): Pocos sitios hay menos exóticos en el planeta, pero es mi lugar, mi destino. Preveo largas semanas de vuelo de moscas, silencio bajo un sol de justicia y paseos en mi bici verde sin marchas. O sea, nada y todo al mismo tiempo. Tomás Nevinson, de Javier Marías (Alfaguara) me está esperando con sus 700 páginas, su prosa insuperable, su reflexiones sobre el ser humano y los conflictos sociales. Por fin me toca. Si Berta Isla me entusiasmó, este, la visión de su marido, no puede ser menos.

Libros para el verano

· Roma: Me ha invitado mi amiga Carmen, así que me encantaría ir, para compartir con ella crepúsculos en el Trastévere y charlas con un Aperol. A cambio de este premio, le regalaría a Carmen Yoga, de Enmanuel Carrere (Anagrama), libro que acabo de terminar coincidiendo con que es el nuevo Princesa de Asturias de las Letras. Una gran elección del jurado que premia la inteligencia emocional y literaria de este francés que conozco bien por otras obras como El adversario, Una novela rusa y El Reino. Yoga es un cruce entre las debilidades del autor, por ejemplos sus constantes depresiones, y el poder de la meditación. No es mi tema, lo admito, pero leer a Carrere es en sí mismo un privilegio, aunque hable de los caracoles o de la debilidad humana.

· Malta: Necesitaba un viaje familiar y confío en que sea este. El viaje de las palabras, de Clara Usón (Seix Barral) podría venir en mi maleta. Descubrí a esta escritora con una de las novelas mejor escritas y rotundas de las últimas décadas, La hija del Este. He seguido su proyección y por ello ahora deseo adentrarme en la figura de Chejov, a cuya vida llega una estudiante en una inmersión del tiempo.

Libros para el verano

· Buenos Aires: Años llevo suspirando por conocer esta apasionante ciudad de tangos, ruido, corrientes y grandes escritores. Allí me iría con una inquietante novela que se lee en un vuelo. La desaparición, de Julia Phillips (Sexto Piso). Dos hermanas desaparecen cuando un extraño las recoge en el camino entre la playa y su casa. El libro está alimentado por una tensión que se prolonga durante un año y que esconde muchos secretos.

Las alegrías, los libros y las bicicletas son para el verano. Aprovéchalos.