La locura es uno de esos estados que quienes nos creemos normales distinguimos con facilidad y a todas horas en los demás. Debería entrar dentro de lo políticamente incorrecto referirnos a ellos como locos. Del mismo modo que a mi amiga Mariló sus hijos le han prohibido decir que va a comprar servilletas de papel al Chino de la esquina. O que mi hija me recrimina que diga que lo que está sucediendo en Ucrania en una merienda de negros. A Mariló y a mí, que tenemos carrera universitaria y buen fondo, nuestros hijos nos censuran por racistas lingüísticas, así que no nos queda más remedio que suavizar nuestro vocabulario en aras de la paz familiar.

Ucrania es de locos

Lo de Ucrania, reproches aparte, es de tal atrocidad que no encuentro palabras para calificarlo ni razones para pensar que terminará pronto. Todos creemos que el instigador de esta salvajada es un sicópata, un loco de atar, según los cánones de la vieja siquiatría. Pero resulta que le sigue todo un ejército de generales cuerdos que a su vez ordenan disparar misiles y bombas donde hay vida civil. También es de locos que la poderosa Europa no pueda hacer nada por detener este suplicio. Y que los americanos, que todo lo controlan, asistan desde la distancia y sin despeinarse a esta debacle sin sentido.

Los voluntarios, esa gente buena

También están muy, pero que muy locos los voluntarios, que como mi marido, Juan Pedro, se han desplazado por sus propios medios hasta tierra enemiga para ayudar a los débiles. Bordear la frontera de la muerte por salvar a otros tiene mucho valor y un punto de locura romántica que a mí me parece envidiable. Pero que no está al alcance de todas las almas. Ya hace dos años, mi santo y yo estuvimos juntos en ese país y comprobamos estupefactos que lo de Chernóbil fue una fatal calamidad todavía hoy latente. Muchos nos dijeron a nosotros y a los amigos que nos acompañaban que estábamos mal de la azotea, ir a respirar radioactividad donde antes había bosques y lagos. Para algunos, éramos unos tarados sin remedio en busca de un viaje exótico. Para nosotros, sin embargo, mereció la pena esta excepcionalidad. Porque la locura te acerca inexorablemente a la realidad.

Juan Pedro presta su ayuda a desplazados y población en Ucrania.
Hace dos años, estuvimos en Chernóbil.

El peligro de estar cuerdos

Mientras esos hombres y mujeres buenos se juegan el tipo, yo asisto en medio de la perplejidad mundial a las cosas de mi día a día, entre las que siempre hay alguna sorpresa estupenda. La última, que viene muy a cuento de mis argumentos, ha sido el libro de Rosa Montero, El peligro de estar cuerda (https://www.planetadelibros.com/editorial/seix-barral/9), un ensayo, salpimentado de ficción sobre las propias flaquezas de la autora y un recorrido por intelectuales que lucharon contra sus debilidades mentales a la par que creaban obras de una genialidad incontestable.

Un libro que empieza con esta frase “Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza” te invita a seguir y seguir, hasta que descubres, como señala la escritora que “lo de verdad raro es ser normal”. Me ha encantado leerlo porque tiene un ángulo vital potentísimo, una alegría que inesperadamente casa muy bien con todas esas existencias de electroshoks y fármacos deshumanizantes a los que se vieron sometidas muchas de las figuras retratadas por Montero. Y eso mismo, lo traslada a la actualidad. La depresión, el vacío, las no certezas, la precariedad, la necesidad de huir… se han convertido en moneda de cambio de nuestra sociedad, muy proclive a creer que la salud mental es sólo cosa de unos pocos. Puede que este sea el primer síntoma para replantearnos si los enfermos no somos nosotros, los escépticos, incapaces de asumir que cada día hay más gente atormentada y sola, lastrada por la tristeza y la perdición. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Rosa Montero y la locura

El valor de la mente

De ahí que este título, que la periodista y escritora califica como el mejor de su vida, sirva para encontrar un camino sin retorno, el hallazgo de que “la locura es en realidad soledad. Si a eso le añades el ostracismo, condenas a la persona al destierro”. Rosa Montero, dueña a lo largo de su prolífica trayectoria de perfiles inventados diversos y nunca convencionales, aprovecha para dar el salto y hablar en este libro de sí misma, en carne mortal, porque, como señala, “aunque el objetivo era entender a esos personajes de los que trato, sobre todo, quería entenderme yo”.

Dice que lo ha conseguido de sobras (yo como lectora estoy de acuerdo) y que la experiencia de haber fondeado en seres como Sylvia Plath, Janet Frame, Emily Dickinson, Doris Lessing, Ted Hugues, Patricia Highsmith, Lord Byron, Rimbaud…tantos, le ha demostrado que la escritura y la creación son la única senda para sortear la locura personal y colectiva.

Rosa Montero y la locura
© Ivan Giménez – Seix Barral.

Lo que a mí me queda clarísimo tras leer este impactante título, que tiene igualmente bastante de humor, es que nuestra mente es el capital más importante que tenemos, incontable y valiosísimo porque en él está la capacidad de construir, imaginar y resistir. Y sobre todo, que está mucho peor de la cabeza Putin que Virginia Woolf, quien se suicidó metiéndose piedras en los bolsillos y sumergiéndose en un río, pero no hizo daño a nadie y nos legó su literatura inmortal. Así nos va.