Gabriel Plaza es el alumno madrileño que ha sacado la mejor nota (rozando el 10) de eso que ahora llamamos EVAU y en mis tiempos era la Selectividad. Gabriel ha estudiado en un instituto público, curiosamente, el mismo por el que pasaron mis queridos sobrinos Pablo y Jorge, uno dibujante y cineasta de animación y el otro músico a la batería. A Gabriel, como a mis sobrinos -estos últimos, hijos de ingenieros-, le tiraba más la historia y la semántica que la física y las ecuaciones. El caso es que Gabriel, que ha sido entrevistado por obra y gracia de su excelente currículum, ha anunciado que va a cursar en la Universidad Filología Clásica, con su latín y griego correspondientes.

Estudiar la lengua

Una carrera, y esto lo sé bien, para la que sólo se necesita un aprobado. Digo que sé de lo que hablo porque hace dos años apunté a mi hijo a esta disciplina. No es que el chaval me lo pidiera a gritos, es que era lo único a lo que podía aspirar con su nota del montón. Y como él andaba de distraídas vacaciones en el periodo de matriculación mientras yo preparaba temerosa su futuro para que no perdiera su plaza en una universidad pública con lo que nos había costado llegar, lo inscribí donde me pareció a mí. La verdad es que pasé un momento estupendo, marcando casillas de materias que me parecían apasionantes con sólo leer su enunciado y que a mí me podían haber dado muchas satisfacciones de no haber dirigido mi vocación a otro oficio. Lo cierto es que mi crio terminó en otro escenario más afín a su personalidad y yo me quedé con una carta del decano que aún conservo a modo de prueba agradeciendo que se sumara a su facultad y con el sinsabor de que siempre haya plazas libres para poder convertirse uno en estudioso de la lengua. Como si esto fuera fácil.

Todo empieza en el latín

Al pobre Gabriel le han llovido palos por todos lados, especialmente por ese rincón oscuro de la humanidad que nos caza como peces: las redes sociales. Debe ser que todos los que han sacado peor nota que él esperaban que se hiciera neurocirujano, ingeniero aeroespacial, físico cuántico o financiero del Banco de España para compensar complejos ajenos. Pero él ha perseverado en lo que sus maestros le enseñaron: la belleza y la necesidad de comprender nuestra propia lengua, desde los orígenes hasta la modernidad, esa que se practica en las mismas redes donde lo castigan por querer profundizar en los principios de todo lo bueno.

Sobre el Barroco literario

Mientras esto escribo me encuentro (algunas veces las redes también son bondadosas) con el relato de un profesor llamado Juan Villar, que, emocionado, ha publicado el maravilloso mapa que una alumna suya ha confeccionado para explicar el Barroco literario. Lo reproduzco aquí para que compartáis esta joya que combina la teoría, con la ilustración, la destreza y la inteligencia. No conocemos el nombre de esta brillante estudiante, a la que desde aquí auguro un porvenir espléndido, seguramente impartiendo clases sobre Góngora, Quevedo y sor Juana Inés de la Cruz. Pero si luego quiere ser enfermera, jardinera o bióloga marina, que lo sea. Tendrá más cultura elemental que muchos ejecutivos que hoy ladran en Twiter.

Un año de Uned

Todo esto, para contar que yo acabo de terminar el curso sobre literatura que he hecho en la Universidad, un regreso a los pupitres que décadas después ha supuesto para mí un amanecer. La “culpa” de esto la ha tenido en gran medida nuestra tutora, Raquel, que en un aula lóbrega y ruidosa de la UNED ha sacado magia y luz de los libros que nos ha abierto a mí y a mis compañeros. David, Alicia, Mari Cruz, Gloria, Olga, Carmen, Javier, María Eugenia, Josefina… y otros muchos hemos descubierto asombrados títulos y escritores de los que apenas sabíamos nada. Ha sido este curso un vuelo raso, sencillo, sin turbulencias, pilotado por Raquel, que ha empleado su sensibilidad de violinista para sacar música donde había silencio.

Salir del circuito comercial

No puedo citar aquí todos los libros que hemos leído en diez meses, pero sí me gustaría recomendar los que más me han impactado a mí, acostumbrada como estoy a los circuitos comerciales y a manejar conceptos como best seller, súper ventas, críticas y galardones. Como el verano -afortunadamente- es largo, aprovechad para volver a los clásicos, que nos inspiran y acompañan, de los que nunca debemos separarnos más allá de un palmo, so pena de perdernos. Buen verano a todos. Nos vemos el curso que viene, amigos.

Viajes con Heródoto, de Ryzsard Kapucinski (https://www.anagrama-ed.es/). Años 50. Este escritor polaco, futuro “padre” del periodismo más auténtico, es joven y sólo desea cruzar las fronteras de su país para encontrar nuevos retos. Hasta que siendo un aprendiz de reportero tiene la posibilidad de ir a La India como verdadero corresponsal. Luego vendrán África, China… Kapucinski traza un periplo por distintos países con una sola referencia clara en su juventud inquieta, La historia con Heródoto. Una delicia de libro de viajes, de historia, de antropología… de todo y todo excelente.

Libros de siempre para un verano nuevo

El retorno, de Dulce María Cardoso (https://laumbriaylasolana.es/). Rui, un niño que ha vivido en Angola hasta su independencia de Portugal, narra en clave de incertidumbre el regreso de su familia a la metrópoli. La voz que usa la excelente escritora lusitana sirve para navegar de manera inocente pero certera en un episodio histórico repleto de separaciones familiares, de desarraigo y de soledad. Uno de los libros más bellos que he leído nunca.

París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas https://www.planetadelibros.com.mx/editorial/seix-barral). La vida de este joven catalán cuando decidió que quería dedicarse a la escritura subvencionado por su padre en el París de los años 70 resulta de lo más gratificante, divertido e irónico que se puede leer de su amplia bibliografía. Hemingway es la excusa a la que vuelve Vila-Matas para cimentar sus vivencias que transcurren en una buhardilla que le alquilaba Marguerite Duras, y en los bares y salones donde se construía la literatura del momento. Llena de referencias literarias y de juegos de palabras, es un ensayo imprescindible sobre París y sobre sí mismo.

Libros de siempre para un verano nuevo

Los días del Cáucaso, de Banine https://www.siruela.com. Elegante, irónico y conmovedor retrato de una mujer y de una época extraordinarias. Con una prosa exquisita y una soberbia capacidad para captar lo absurdo y lo cómico, Banine nos ofrece el espejo de su embriagadora y turbulenta juventud, desde las orillas del mar Caspio hasta París. La autora recuerda los baños marinos, su lujosa mansión en Bakú, las espléndidas fiestas, las frutas, los dulces, a su institutriz alemana de rubísima melena, a su estricta abuela musulmana, a sus tan adinerados como nada respetables parientes que se jugaban a los naipes la inmensa fortuna que el petróleo les había hecho amasar… Hasta que llegaron los bolcheviques y todo terminó. Una autobiografía cautivadora y tremendamente divertida.

La deseada, de Maryse Condé (https://impedimenta.es/). Esta preciosa novela es un tour físico y espiritual que inicia la protagonista, Marie-Noëlle, desde su Guadalupe natal hasta Francia, pasando por EE. UU., para unir las piezas del puzzle de su individualidad, tratando de obviar las versiones contrapuestas de su madre, de su abuela y de su cuidadora. Con maternidades no deseadas y hombres de dudosa moral, La Deseada responde a una voz: solo desde la invención de un lenguaje propio se empieza a vivir. Un canto al paisaje, a la nacionalidad y a la vida.

Libros de siempre para un verano nuevo

Bajo el volcán, de Malcolm Lowry (https://www.planetadelibros.com.mx/editorial/tusquets). Una de las más duras e intrincadas narraciones que he tenido entre mis manos. Aún no sé si la he entendido, pero sí sé que bajo esa densidad que transcurre en un solo día en Cuernavaca, México, hay una personalidad desequilibrada pero latente. La del propio autor, trasunto del diplomático Geoffrey Firmin, un alcohólico al que su mujer dejó por su propio hermano. Asfixiante y brutal a partes iguales, está considerada una de las mejores novelas en lengua inglesa de todos los tiempos. Diez años tardó su autor en terminarla.

La finalidad del curso fue la otredad, es decir, algo así como la diferencia del individuo dentro del grupo. Evocando un título más, La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine (https://www.acantilado.es/), sólo se me ocurre desear que ojalá me asalten muchas experiencias nada útiles si me resultan así de estimulantes. Lo dicho, buen y apasionante verano entre libros.