La primera vez que viajé a Londres tenía 22 años, poco mundo, una carrera sin terminar y 200 libras que me había dado mi padre… por si acaso. La familia que me tenía que recoger en Victoria Station para llevarme a su casa en calidad de niñera oficial no se presentó. Entonces no había móviles, así que me lo tuve que jugar todo a la espera en un vestíbulo que era un cruce de locura y de prisas, y a la osadía. Calculé que si nadie me reclamaba, con el préstamo paterno podría quedarme en la ciudad un par de días, suficiente para patearla antes de tomar otro vuelo de regreso a casa con mis expectativas laborales frustradas. Lo que desde luego no iba a hacer, era salir de Londres sin ver Londres. Cuando me disponía a buscar pensión (no me daba para un hotel ni de media estrella) apareció un taxista que venía a recogerme en nombre de mi familia contratante. Así comenzó una aventura distinta a la prevista, con dos niños pelirrojos y caprichosos, un ex marido borrachín, una amiga que me “traje” al rescate para divertirme a la española los fines de semana (no lo pasamos mal, ¿eh Cristina?), una academia sin pedigrí en Oxford Street, una mansión victoriana en la campiña, algunos “pecados” inconfesables de juventud y una química inmediata con una de las ciudades que más me gustan del mundo.

Después del Brexit

Desde aquel periplo inicial, he vuelto muchas veces a la capital británica. Incluso una vez lo hice casi de forma clandestina con mi directora y una fotógrafa para entrevistar a una famosa patria allí instalada. La última ocasión en que he pisado sus aceras a la inversa y su metro estrepitoso fue la semana pasada. El Erasmus se llevó a mi hija hace un par de años largos y otras circunstancias posteriores y felices la han atado a Londres, by the moment, o sea que se impone ir de vez en cuando a vigilar a la manada.

Diría que Londres es una urbe en constante construcción y deconstrucción, molesta y hostil a veces y acogedora y maternal otras. Y en mi opinión, maltratada por el Brexit , fenómeno paranormal que no entenderé ni aunque viva mil años. Por lo demás, no hay esquina sin museo, ni barrio sin jardín, ni calle sin grafitis, ni mercado sin puestos de flores y de libros, ni metro sin su stand de periódicos gratis con la cara de Boris Johnson a toda plana. Todo ello, bajo un constante olor a comida que habla de razas, hábitos, modismos y tradiciones (y de poca limpieza también). La pandemia, qué remedio, ha propiciado y nutrido esta práctica del Street Food. No había comido tantas veces de pie, con gorro, bufanda y guantes desde que iba al instituto y en el recreo me compraba una palmera de chocolate sucedáneo para devorar a todo correr antes de la clase de Geografía.

Libros anti-covid

Aun así, con mucho frío incluido, he constatado nuevamente con placer que Londres te da tanto o más de lo que tú buscas, inasequible como es al aburrimiento y al covid. Porque, y ahora voy a entonar un canto a la ejemplaridad doméstica, yo creo que ni Su Graciosa Majestad la reina usa mascarilla en esta ciudad, así los maten el virus o las multas. Comprendo que el lío que se ha traído el primer ministro con las fiestas a go gó en plena crisis tenga a todos crispados, desde luego y puede que los haya vuelto, incluso, rencorosos. Pero pudo prometer y prometo que la obligación de usar esta cosa tan sencilla que es la mascarilla se la saltan todos alegre y cotidianamente, igual que Pau Gasol brincaba sobre la cancha en sus tiempos mozos: olímpicamente, que se dice. Ni en el bus, ni en supermercados, ni en tiendas, ni en hoteles… No te digo en las calles. Ausencia absoluta de precaución y miramiento por el prójimo.

Los londinenses son alérgicos a eso y a la distancia social. Pillar un wrap o un arroz al curry en Porto Bello es como coger turno para hacerse con una lavadora tirada en las rebajas de antaño, imposible si no te pegas con alguien. Así que superado el impacto y la antipatía por este asunto que hoy me hace sentir orgullosa de mis disciplinados paisanos, me ha tocado escudarme tras un par de FFP2, litronas de gel y confianza ciega en mi inmunidad. Pero a lo que iba, que pierdo el hilo y yo venía aquí a hablar de mis libros, como dijese el huraño Paco Umbral, que no de mis fobias. Eso es para otra vida, para otro blog que quizás un día caiga.

Del siglo XIX…

En la maleta de ida me llevé La señora March, de Virginia Feito (https://www.penguinlibros.com/es/11351-lumen), una grata sorpresa muy recomendable de la que hablaré en otro momento. En el equipaje de vuelta he añadido un volumen adquirido en una librería de Brick Lane, paraíso del arte urbano y meca de los grafiteros, como alguno que yo me sé y de cuyo nombre no quiero acordarme. Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, en versión inglesa (Pride and Prejudice) ha sido mi único capricho en estos días de poco shopping. Dudo que lo pueda terminar en el idioma original antes de que concluya el lustro, aunque me inspira la idea de que lo he leído tantas veces en español que casi diría que me lo sé de memoria, lo que me ayudará en la traducción necesaria. Conozco a algunos devotos de esta autora inglesa, como mi amiga Nieves, que se sabe su obra completa. Yo he de decir que también bebo los vientos por Austen, pero no hay para mí ninguna pieza que supere la grandeza de Orgullo y Prejuicio (editada en numerosas editoriales).

La calidad formal y lingüística, las intrigas, las peculiaridades de los personajes, la descripción del verde paisaje y de la costumbrista sociedad de aquella época (siglo XIX), los diálogos habilísimos, la vanidad, el amor, la esperanza, la familia, la pasión, la lucha de clases, el humor, la ironía… no hay nada que no aborde esta novela principal, cuyo argumento es en esencia conocido por el público gracias al cine.

Cerca de Londres, la señora Bennet, madre de cinco hijas casaderas, acude a todos los bailes posibles para intentar encontrar matrimonio a las jovencitas, como mandan los cánones morales y evitar así, a la muerte del patriarca, que un primo se haga con toda la herencia. Elizabeth, la más díscola e inteligente de las hermanas, encontrará en uno de esos refinados salones de música a Darcy, un rico y serio caballero del que la separan no pocas cosas, menos una, aunque ellos no lo “saben”: la inmensa atracción que de inmediato sienten el uno por el otro a pesar del recelo con el que se observan. Pero entre esta frase, “Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa”, que es como comienza el libro y el final, hay que pasar muchas hojas y muchas escenas de dolor, lejanía, incomprensión, ruptura, rebeldía, desesperación, coraje y verdad. Leedla, en serio si no lo habéis hecho todavía, en castellano (hay excelentes traductores), inglés o chino. Os emocionará. Y por favor, para quién dude… esto no se parece en nada a Los Bridgerton, de Julia Quinn, comedia romántica bien aprovechada (https://www.netflix.com/es/ estrena la próxima temporada en marzo). Jane Austen es otro hermoso cantar; la literatura inglesa guardaba para esta mujer un sitio de honor.

A la actualidad

Retorno por medio de este viaje al XXI, al Londres moderno y siempre motivador, con una gran novela de espionaje que acaba de salir a las librerías y que culmina una trilogía potentísima, Conexión Londres, de Charles Cumming, (https://www.penguinlibros.com/es/11942-salamandra). Vuelve el agente Thomas Kell, ávido de venganza tras la muerte de su amada Rachel. Lo hace en un juego de riesgo, en una persecución continua que le lleva a debatir con quién está su lealtad, si con el servicio de espionaje británico, el M16, o con su propia conciencia. Un encuentro fortuito de su amigo Mowbray le llevará hasta el personaje que mandó matar a su compañera en la anterior novela de la saga. Para encontrarlo, deberá ignorar las reglas, contratar con su propio sueldo a ayudantes poco éticos y cruzar líneas rojas saltando de ciudad en ciudad hasta aterrizar en Londres. Con un ritmo imparable y ni asomo de fatiga narrativa, este título reúne todos los ingredientes del que se ha convertido en un maestro en el género del espionaje. Es ágil, profundo, toca aspectos de la actualidad oscuros y peligrosos y es un pasatiempo perfecto para navegar en las procelosas aguas de lo políticamente inmoral. Los malos, Shadid Khan, Alex Minasian… los buenos, como el propio Kell, su jefa Amelia… son poderosos personajes en busca de una turbia realidad que quizás el protagonista no vislumbre hasta el final. Si no has leído las primeras partes, toma nota para rematar la misión: En un país extraño y Complot en Estambul. Lo más secreto del servicio secreto al desnudo. (También en Salamandra).

Otros clásicos

Y si aun así quieres más inspiración procedente de la ciudad de la bruma donde rara vez se ve bruma, elige a Arthur Conan Doyle, padre de Sherlock Holmes y retratista de las calles más enigmáticas y siniestras. O a Edward Rutherfurd, con su colosal y arrolladora Londres (https://www.rocalibros.com/roca-editorial/). O Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, una formidable historia que discurre a caballo entre la capital británica y París. O Sábado, del extraordinario Ian McEwan, que crea una “ficticia” Londres para hablar de la guerra de Irak. O cualquiera de Virginia Woolf, como La señora Dalloway, Las olas, El cuarto de Jacob… O Dientes blancos, de Zadie Smith, que además acaba de sacar la colección de relatos Grand Union (Salamandra). Por no hablar de mi amado Graham Greene que con El final de la aventura creó una de las novelas de amor más brutales que he leído. Hay muchísimo por leer a propósito de mi ciudad favorita, pero yo lo voy a resumir en cinco palabras que diría aquél:

I love London. THE END