Empecé a estudiar árabe hace un par de años. Lo mucho que me aburría en el trabajo que tenía entonces me impulsó a esta santa locura, con el ensoñador objetivo de salir de mi letargo laboral emprendiendo tareas ignotas y algo inútiles. Esa novedosa actividad me haría recordar, además, mis periplos de jovenzuela por países fascinantes que todavía no habían sucumbido ni a las guerras ni a la destrucción, como Siria y Jordania. Lugares que me envolvían como la arena del desierto y como los bazares encendidos de una medina.

Antes, ruso y chino

Antes del árabe, amagué con aprender en mis tardes ruso, idioma que me resulta muy antipático ahora mismo, con todo mi respeto a Tolstoi y sus hermanos de letras. También llamé a la embajada china buscando unos cursos para principiantes, pero nadie me cogía el teléfono, y cuando lo hicieron me hablaron en puro mandarín sin darme opción a explicarme, al menos, en inglés, con lo que pensé que el asunto comenzaba ya bastante mal: aún no sabía ni decir “hola” y ya me estaban haciendo un interrogatorio de manual.

De la cocina al marketing digital

Lo cierto es que hace 24 meses de mi decisión y a menudo pienso que, para salir de mi hastío, también podía haberme dado por adentrarme en la papiroflexia; o por perfeccionarme en el ganchillo que me enseño en mis veranos de niña mi tía Pilarín; o por inscribirme en un cursillo acelerado de cocina vietnamita; igualmente, podía haberme apuntado a hacer crossfit, hoy mis brazos estarían musculados como los de nuestra reina; o a reciclar muebles, en lugar de dárselos a mi padre, que ya no está para estos trotes; quizás podía haber retomado las clases de ex adolescente al piano, que me señalaron como una mediocre aspirante a la eternidad; o haberme subido a la bici persiguiendo, como mi hermana y mi cuñado, jugarme el tipo algún día en la Quebrantahuesos, que sólo de pronunciarlo me pone los pelos de punta; o acometer más programas on-line de márketing digital, que luego no me sirvieron para nada…

De Slimani a Pamuk

En fin, pude hacer mil cosas para “huir” de una existencia sin grandes alicientes en aquellos tiempos, pero afortunadamente, me dio por este idioma apasionante y acogedor, también duro para oídos desentrenados como los míos y tremendamente difícil, para el que puedo asegurar, no estoy a la altura y no sé si algún día lo estaré. El árabe es la lengua de Las Mil y una noches, de Leila Slimani, de Naguib Mafhuz, de Orham Pamuk, de Najat El Hachmi… También de mi amigo Abdelacid, que de vez en cuando le pasa una mano experta a mi jardín y lo deja listo para un invierno más mientras bebé café y me habla de Marruecos, su país no olvidado. Creo que he llegado demasiado tarde a este viaje, pero pase lo que pase en unos días, en que terminaré mis exámenes, me quedo con algo esencial: no hay fronteras para el aprendizaje, pero mucho menos para crear respeto y unidad desde la lengua. Compartirla nos hace mucho más iguales, mucho más semejantes.

La Casa Árabe

Además de descubrir sus sonidos y ese alfabeto preciso digno de orfebres y no de dedos veloces como los míos, en estos meses he tenido el placer de compartir aula en la Casa Árabe https://www.casaarabe.es/ con un grupo de compañeros singular y muy interesante. Nos pasamos apuntes y nos gastamos bromas, mientras Zohor, la profesora nos suelta largas parrafadas que una servidora entiende a medias. Desde nuestra clase se ve El Retiro, que se desdobla ahora en paisaje y en librería por el efecto de la Feria, a punto de terminar en plenitud de facultades. A ratos, entre verbo y verbo, entre subjuntivo y pasado, Leonardo y Salvador nos amenizan con sabiduría sobre el mundo musulmán, sus diversas lenguas y sus tradiciones más desconocidas. Ni viviendo cien años alcanzaría yo su notable capacidad intelectual, pero en puertas de decirnos adiós o السلكمة sí les quiero recomendar a ellos y al resto libros estupendos venidos directamente de la 81 Feria del Libro https://www.ferialibromadrid.com/, de nuestro vecino Retiro.

Han sido dos semanas de casetas y paseos; de mucho alboroto, presentaciones, una visita real que casi nos cuesta la vida a la canallesca por el calor que hacía y por la de gente que quería autógrafos de Letizia como si hubiera escrito un best seller; también han resultado días divertidos de encontrarme con gente de la escritura muy apetecible e, incluso de “vigilar” a mi hijo, que ha estado contratado como vendedor, no digo más. Lo que se dice, un ajetreo feliz. Así, que allá voy. Gracias por tanto, amigos. Leer, aunque no sea en árabe, nos une.

1. Para Selene, estudiante de Estudios Internacionales, lista y rápida como el viento, aunque casi gana en simpatía y generosidad. Lo que pasa de noche, de Peter Cameron (https://librosdelasteroide.com/): en la línea de uno de mis autores favoritos, este título no defrauda. Un matrimonio americano viaja a una ciudad europea a adoptar a un niño. Su relación, muy deteriorada por la enfermedad de ella, sufrirá una sorprendente evolución hacia un renovado sentimiento.

Títulos para terminar la feria del libro

2. Para Sandra, informática, tímida y observadora. Las dos miramos lo mismo, aunque ella calla y yo opino. El regreso del soldado, de Rebecca West (https://www.planetadelibros.com/editorial/seix-barral/9): la escritora inglesa dejó esta novela magnífica sobre la vuelta del frente de la Primera Guerra Mundial. Desgarradora y hermosa por igual.

Títulos para terminar la feria del libro

3. Para Lola, ingeniera de patentes y encantadora compañera de “no entendemos nada”. Caso clínico, de Graeme Macrae Burnet (https://impedimenta.es/): la autora recibe una carta de alguien que le cuenta que su hermana se suicidó incentivada por su siquiatra. Esta investigación le sirve para narrar un estremecedor relato, siniestro pero también divertido y lleno de intriga.

4. Para Leonardo, experto en Relaciones Internacionales y un avezado orador, incluso en árabe. Lástima no confundan sus notas con las mías. Cosas, de Castelao (Libros del Asteroide), con prólogo del fallecido Domingo Villar. Este clásico de la literatura gallega es un conjunto de cuentos ilustrados por el propio Castelao que nos traslada a la Galicia de principios del siglo XX con humor y sensibilidad.

Títulos para terminar la feria del libro

5. Para Salvador, inmunólogo, biólogo, abogado y economista. Un hombre del Renacimiento en pleno XXI. Y sobre todo, una excelente persona. Así son sus disertaciones, impecables. Peregrinos de la belleza, de María Belmonte (https://www.acantilado.es/). Esta preciosidad de libro, que hemos tenido que leer en la universidad, recoge las andanzas de escritores y artistas que huyeron de sus países para refugiarse en la formidable belleza de Italia y de Grecia. Henry Miller, D.H.Lawrence, el médico Axel Munthe… No puede ser más edificante.

6. Para Carmen, profesora de física y matemáticas en un colegio. Ha sido para mí un hallazgo personal. Su alegría, sus apuntes limpios y correctísimos, su amabilidad… no sabría con qué quedarme si tuviera que elegir una de sus virtudes. Los dos reyes, de Benjamín Prado (https://www.penguinlibros.com/es/). El detective Juan Urbano regresa en esta sexta novela protagonizada por él para viajar a Ceuta y hallar información sobre la Marcha Verde, el abandono del Sáhara por parte de España y también sobre la venta de arena del desierto.

Títulos para terminar la feria del libro

7. Para Zohor, nuestra paciente profesora y argelina de nacimiento, ahora que las cosas están como están con ese hermoso país. Con ella he aprendido casi todo lo que sé en la lengua de Mahoma, también que es necesario estudiar, sobre todo, cuando la mente va más lenta, como la mía. Su confianza me ha hecho mejorar y creérmelo. Se merece un descanso leyendo algo adictivo. El hombre celoso, de JO Nesbo (https://www.penguinrandomhousegrupoeditorial.com/sello/reservoir-books/. El maestro noruego del suspense reúne varios relatos, de pequeñas novelas criminales que se leen con auténtica voracidad.

Títulos para terminar la feria del libro

8. Para mí, alumna poco aplicada pero esperanzada en que sigue habiendo caminos inexplorados. La idea de ti, de Amaya Ascunce (https://www.penguinlibros.com/es/). Amaya y yo nos tratamos más bien poco pero cordial, en el garaje de la empresa que compartíamos y algún pasillo suelto. Ella trabaja de directora digital en la revista ELLE y escribe artículos que he leído con enorme gusto. Yo estaba en un departamento cercano donde, como he contado, dormitaba lánguida en ciertos momentos. Antes de éste, Amaya escribió un libro sobre cómo no convertirte en la madre que eran nuestras madres, Cómo no ser una drama mamá, que fue un éxito. Ahora regresa con este relato personal y común a muchos, en el que reflexiona sobre las vueltas que da la vida, las expectativas que nos creamos y nos imponemos y cómo, a medida que crecemos, los hechos tozudos nos hacen cambiar de parecer. Está claro que yo nunca tuve el plan de estudiar árabe y echando la vista atrás, igual la vida me ha sorprendido gratamente. Por esto y por tanto.