Hoy me ha pasado una cosa de esas que te llevan al pasado fugazmente. Animada por el repentino calor, he decidido quitar la alfombra que tengo en el cuarto donde, entre otras cosas, escribo esto que ahora leéis. La he sacado por la ventana para airearla, aunque lo cierto es que pesa lo suyo. Entonces he caído en que me habría venido bien tener uno de esos chismes que mi madre usaba para sacudir sus alfombras y los colchones, una especie de pala con orificios, como raquetas de tenis, que mis hermanos y yo reutilizábamos para jugar a las espadas y darnos mamporros. Yo, que he tenido unos cinco aspiradores en mi vida de adulta responsable, nunca entendí que mi madre cargara alegremente con semejante marrón (por no abordar otros) en lugar de comprarse un aparato de los que salían en la tele en blanco y negro y que funcionaba con eso que llamamos electricidad. Mi madre era muy antigua incluso siendo joven, está claro. O eso pensaba yo.

Cuando eres hija

Mientras hoy hacía pesas sacudiendo mi susodicha alfombra ha pasado el camión de la basura. Uno de sus ocupantes, con el que me suelo saludar porque es muy simpático, me ha observado como cuando yo miraba a mi madre de niña dando golpes con su sacudidor de andar por casa: con perplejidad. Aun así, el amigo basurero me ha dicho buenos días y yo, muy metida en mi tarea y sin soltar la “presa”, ya sin pelusas, le he respondido también que buenos días.

Este insustancial hecho me motiva a viajar al ayer e insistir en que la memoria es obstinada. De niña adoras a tu madre, que te hace madalenas, se deja ganar al parchís las tardes de domingo lluviosa y te coge de la mano por la Gran Vía para que no te pierdas entre el gentío. De adolescente no hay tregua ni descanso porque ya no existe paseo, ni novio, ni un quítame allá esas penas por el que no discutáis. Y de madura, caes en la cuenta de que ella, tu madre, fue la mejor que podías haber tenido, con sus culpas y sus maneras, con sus oscuridades y sus luces, con sus silencios y sus risas. Con frecuencia te gustaría parecerte más a ella, en lugar de haber entablado un caprichoso duelo de hija díscola. Y quién sabe, quizás, ni siquiera la merecías porque era demasiado buena para ti, cabeza loca.

Cuando eres madre

Termino mi reflexión como hija con la frase de un gran escritor, Honoré de Balzac, que le pegaba mucho a la mía, generosa, callada, discreta, austera y si hubiera podido, invisible. “El corazón de una madre es un abismo profundo en cuyo fondo siempre encontrarás el perdón”.

Respecto a mi papel de madre… ese es otro cantar y motivo de otro blog. Sí puedo afirmar que desde que mis hijos no viven en casa, y ya hemos cumplido dos años de separación “forzosa”, nos llevamos mejor, nos entendemos sin ofendernos y nos reímos más. Podría añadir que nos queremos más, aunque eso no es cierto, siempre nos hemos querido. Diría si acaso que nos queremos mejor. Pero esto tendrían que decirlo ellos, Marina y Nicolás: el ruido y la calma, el volcán y el río, la alegría y el humor, la certeza y la duda. Tan opuestos pero tan complementarios y necesarios en mi vida. De lo que estoy casi segura es de que suscribirían esta sentencia si se les preguntara cómo me ven ellos: “Una madre es alguien a quien pides ayuda cuando te metes en problemas”, de Emily Dickinson.

Cinco libros para madres y demás

Me sirvo de esta poeta americana tan ilustre para adentrarme en lo que a fin de cuentas intenta este blog, proponer libros. He seleccionado cinco que hablan de madres, pero que están dirigidos a muchos -al fin y al cabo, somos todos hijos-, porque la lectura no tiene categorías, como ya he reivindicado en otros momentos. Podría señalar cientos de miles, la figura materna es infinita para la literatura como inspiración y como deuda. La novela de Milena Tusquets También esto pasará y la narración de Albert Cohen, El libro de mi madre, (ambas de https://www.anagrama-ed.es/) son dos ejemplos que me conmovieron en su día. Como dice mi amiga Carolina Isasi en su excelente blog Mirando a la bahía, de las madres lo aprendemos todo. Aprendamos pues de los libros que hablan de ellas. Con mi gratitud tardía como hija y mi amor, espero que a tiempo, como madre.

Madres, padres y demás (https://www.planetadelibros.com/editorial/seix-barral/9), de Siri Hustvedt. Traigo aquí y ahora este título cuando se da la negra casualidad de que el hijo de Paul Auster, marido de Siri, Daniel Auster, ha muerto de una sobredosis después de que su bebé de 10 meses falleciera de lo mismo. Es tan trágico, tan atroz, tan brutal, que no puedo imaginar el dolor en esa casa, si es posible describirlo y escribirlo. Aun así, recomiendo este libro, que es una revisión de los conceptos clásicos de la familia a través de la mirada de una escritora extraordinaria. La relación con su abuela, con su madre y con su hija y el aprendizaje de escritoras como Jane Austen y Emily Bronte están en la base de un ensayo vital que hoy, tristemente, choca con la dura realidad de los Auster.

Nadie me habló de ti, de Laura Anguera (https://www.planetadelibros.com/editorial/editorial-planeta/8). La vida de Carolina ya no es perfecta: el divorcio, las peleas constantes con su hija, y ahora la agonía de su padre, fin de una saga de la alta burguesía catalana. Su madre los abandonó siendo ella una niña; de ella solo conoce la ausencia. Pero un hallazgo inesperado la lleva hasta Gabriel, el amante de su madre. Con él conocerá a esa joven indomable, su madre, que se resistió a ser una intachable esposa burguesa, y que hará que Carolina se replantee su vida. Esta novela de una autora desconocida para mí hasta ahora es un repaso existencial sobre una época de la Barcelona sesentera, con ecos feministas, una gran luz y una enseñanza sobre la forma de dejar el pasado atrás y recomenzar siendo una misma.

Una madre, de Alejandro Palomas (https://www.planetadelibros.com/editorial/ediciones-destino/). Este escritor no debe ser solo conocido por denunciar recientemente abusos sexuales por parte de sus enseñantes religiosos y hacer que las instituciones se pongan las pilas para tratar de corregir un error histórico social y mundial. Palomas es un sensible y profundo autor, como demuestra con este título. Una madre que reúne a toda la familia para cenar en Nochevieja, pero donde junto a los manjares se mastican secretos, mentiras y confesiones. Una señora y sus hijos desesperados entre sí pero que se aman, a pesar de todo.

Umbilical, de Andrés Neuman (https://www.penguinlibros.com/es/11579-alfaguara). El autor argentino, autor de la excelente Fractura, narra la conmovedora historia de la gestación de un padre. Un relato íntimo que medita sobre la paternidad, la masculinidad y el cambio y redefinición de los roles de género. Asiste fascinado a la gestación junto a la madre, imagina a ese ser que vendrá a revolucionar su casa, su lenguaje, su pareja y su propia historia familiar. A lo largo de un año, el hombre narra los primeros compases de una existencia nueva: la suya como padre junto a la madre y el hijo, tres personajes de una historia universal. Llega a las librerías el 5 de mayo.

El túnel 29, de Helena Merriman (https://www.penguinlibros.com/es/11942-salamandra). Reconstruye la peripecia de Joachim Rudolf, un joven estudiante de ingeniería de 22 años que, en septiembre de 1961, se jugó la vida escapando de la República Democrática Alemana a través de un bosquecillo. Dejó atrás a su madre y su hermana, pero no las abandonó. Porque, inmediatamente después de conseguir la libertad, se puso a excavar un túnel cuya entrada estaba en Berlín Occidental, pasaba por debajo del muro más famoso de todos los tiempos y llegaba hasta un sótano de Berlín Oriental. Ciento treinta y cinco metros subterráneos de una gesta que logró burlar a la Stasi, permitió salvar a veintinueve personas y se ha convertido en uno de los episodios más fascinantes de la Guerra Fría. Hijos, que al final, siempre salvan a sus madres. En las librerías el 5 de mayo.