Esta semana, si me atuviera a los mandatos del calendario, debería hablar de San Valentín y del  amor. Temática esta, por otra parte, que ocupa buena parte de la historia literaria del mundo. De hecho, se me ocurren pocas cosas más inspiradoras que un buen romance. Hasta que llega el día de El Corte Inglés, Amazon y los enamorados y el karma y el consumo me ponen en mi sitio. Así que se me ha venido a la cabeza que frente al rojo de los corazones locos y los stickers de nuevo cuño voy a recurrir para llenar esta fecha tan “entrañable” al negro de un género que cada día crea más adicción. De los clásicos, como El halcón maltés, de Dashiell Hammet (llevada de forma inmortal al cine por Humphrey Bogart en el papel del detective Sam Spadre), a mi venerado Henning Mankell  y a los vivos, léase por ejemplo, La chica del tren, un bombazo de Paula Hawkins.




La novela negra se ha convertido en ese saco donde uno encuentra toda la desconexión necesaria después de un día de trabajo; también si por desgracia no trabajas; si eres de los que te has autoconfinado; si estás con esa nube pandémica que todo lo nubla; si no te entretiene nada… Leer cómo otros matan a gente tan alegremente nos hace apretujarnos junto al cojín del sofá mientras nuestra adrenalina se concentra en olvidar que hay otra vida alrededor, a veces poco interesante.

Me leí de una sentada la trilogía del difunto Stieg Larson Los hombres que no amaban a las mujeres; me enamoré de Pierre Lemaitre cuando leí Vestido de novia, una historia que sigo teniendo entre mis predilectas; podría haber fundado el club de fans de Lorenzo Silva o haberme casado con el inspector Rubén Bevilacqua si existiera fuera de los libros; me quito el sombrero ante Andrea Camilleri, que sigue produciendo emoción desde el cielo con sus novelas póstumas y me he muerto de miedo con los libros de Carmen Mola, ese ser anónimo que un día quizás nos desvele quién es y de dónde salen sus sangrientas tramas. Sé que me sorprenderá que no sea una señora amargada y sórdida, sino una delicada dama que toma el té con sus amigas, aprende portugués por zoom y visita los museos de moda. Quién sabe.

A mí, la novela negra me engancha porque consigue que me abstraiga de todo, un estado muy propio de mi carácter: tener siempre varios asuntos abiertos a la vez y no concentrame en ninguno.

Me permite imaginar cómo debe sentirse una persona que mata a otra, por venganza, por maldad, por intriga, por descuido, por placer quizás…

Me hace aventurarme, a menudo con poco éxito, sobre cómo terminará el caso. Y si por un casual acierto, me siento muy orgullosa, como si el libro lo hubiera escrito yo.

Hace que lo pase muy bien durante mucho rato y en soledad.

Y cuando termino una historia de tintes siniestros y misteriosos, me quedo como huérfana, buscando la siguiente, como una nueva víctima a la que amordazar.

La novela negra, por concluir, me tiene en vilo, me quita otras preferencias que no lo son en el fondo y me fija la vista en el papel, lo que mas me gusta de todas las cosas que me gustan. Me hace sufrir pero sin mucho dolor. Y me obliga a estar alerta por si el malo se cuela en mi casa y me asalta. La novela negra me hace, en definitiva, mejor lectora y más imaginativa.

Lo último que he devorado condensa todo esto y proyecta mi admiración más sincera hacia sus autores, capaces de diagnosticar la mente fría de un sicópata siendo ellos bellísimas personas.

Novela negra

El buen padre, de Santiago Díaz (Penguim Random House, colección Roja y Negra) me la he ventilado en cuatro tardes. Su autor, el guionista de series muy conocidas, como El secreto de Puente Viejo, Yo soy Bea, la película Voces, y hermano de uno de mis buenos amigos y gran escritor, es además un tipo estupendo. En Nochebuena y fiestas de guardar debe animar las cenas familiares con su sentido del humor. ¿Cómo se puede hablar de asesinos, secuestradores, escorts, venganza y sed de justicia haciendo sonreír además? Pues Santi lo consigue.

Su segunda novela, a la que le auguro una saga completa, es sencilla sólo en teoría: El viejo Ramón Fonseca secuestra a tres personas relacionadas con su hijo, Gonzalo, condenado por un asesinato que no cometió, para demostrar su inocencia. Los cruces de personajes, situaciones, escenarios, casualidades son tantos que aunque creas que lo intuyes todo, no sabes nada. La protagonista absoluta, la inspectora Indira Ramos, maniática enfermiza del orden, carne de sicólogo, distante y calculadora es todo un descubrimiento. Como nada es lo que parece en esta novela, ella tampoco. Somete su compleja personalidad a un caso lleno de aristas, muy lejos de lo que su mente cuadriculada está dispuesta a soportar, pero obsesivamente apasionante. Quizás porque hay por ahí un subinspector de pantalones rotos y pocas duchas que se cuela en sus grietas más profundas. Preveo que habrá una segunda y quizás una tercera parte. Indira se lo merece y Santi también. Pero antes, leed la primera para saber por qué este autor se ha hecho ya un sitio entre los imprescindibles.

Vamos al segundo motivo de mi confesa pasión. El periodista José Sanclemente también se exhibe con su cuarta novela, Regeneración (Rocaeditorial), perteneciente a la serie de la periodista Leire Castelló y el policía Julián Ortega. Ambos, que han mantenido una relación sentimental ahora rota, se encuentran en la investigación de sucias maniobras políticas que manan del fondo de las cloacas del Estado y que culminan con varios asesinatos misteriosos.

Novela negra

La corrupción, Biblia de nuestra política patria, late con fuerza en este libro que puede parecer sacado de la realidad, aunque la ficción a veces sea incluso menos sucia y perversa. El autor, economista y experto en medios de comunicación, ha consolidado una pareja que socava los cimientos del poder en busca de la verdad. Y, mira, como es San Valentín, igual Leire y Ortega terminan juntos de nuevo. Apostad por la tensión, por los thriller como animal de compañía. Y a vosotros ¿qué os engancha de la novela negra? Dejad nuestros comentarios en el IG del blog #llamamelista o en el mío, #Rbbjulio. No matemos la tensión que nos mantiene vivos

Si aún con todo, preferís celebrar a lo grande el día de San Valentín, dos recomendaciones inasequibles a la modas: Ana Karenina, de Tolstoi, y El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez.