Menos lexatines y más pasines

Calista pisa una mierda. Pasear a pieTengo una amiga que siempre me dice: “menos lexatines y más pasines”. Bueno pues hace unos días decidí hacerle caso y me fui a buscar a los niños al colegio caminando. Porque yo lo valgo. Y porque creo que se queman unas 180 calorías. Vamos el equivalente más o menos a la magdalena que después tenía pensando comerme. Dicho y hecho a pasear.

El caso es que el día en cuestión venía directamente de una reunión y, claro, iba subida en unos buenos andamios. Es lo que tiene medir 1,50. Pero así y todo no me resistí a la agradable aventura de pasear de camino al colegio… Sí, agradable, ilusa que es una… No os podéis imaginar la aventura que fue recoger a los niños del colegio.

Para empezar, como voy siempre en mi mundo, imagino que como todas… Pues lo normal cuando vas a pasear que aprovechas para ir pensando en qué vas a hacer de cena, en que tienes que pasar por el súper y comprar algo de emergencia… Pues zasca que planté mi lindo zapatito en todo un súper regalazo, que dejó el perrito de turno con la complicidad del cerdo de su dueño. ¡Dios qué asco! Menos mal que en el bolso de #mamádramas siempre llevo las socorridas toallitas…

Calista compra un billete de lotería. Pasear a piePasado el mal trago seguí caminando con toda la dignidad que pude encontrar… y con la esperanza de que me tocara el cupón de la ONCE. ¡Por supuesto que fui a comprar uno…! Lo estaba guardando en el bolso cuando sonó el teléfono. Además, justo en ese instante iba a cruzar el paso de peatones… “¿Lo cojo? ¿No lo cojo? Y si es una llamada urgente…”, la de preguntas que se le pasan a una por la cabeza en determinados momentos…

Pues sí, lo cogí… y crucé… ¡Madre mía, a punto estuve de jugarme la vida! ¿Por qué? Pues porque me topé con el típico conductor desaprensivo que pasa de los pasos de peatones y a poco firma mi sentencia de muerte. ¡Jesús, qué susto me llevé! “Al final no llego al colegio”, murmuré. “No pasa nada, aprieto el paso y llego”, me animé yo solita. Uff qué sudores me entraron… “Qué fatiga, a ver si dejo de fumar”, pensé…

Bienaventurados los michelines

Al fin, cuando ya estaba a tres minutos de la meta…, cuando ya vislumbraba a todas las madres esperando ansiosas a sus polluelos… Va y el tacón se me quedó encajado en una baldosa, o como se llame, de la calle mal asfaltada… fui cayendo como a cámara lenta, haciendo piruetas en el aire, sintiendo cómo el rubor teñía mis mejillas y atisbando en el horizonte a mi hijo avergonzado… hasta que hice ¡plof! contra el suelo…

Calista tropieza y cae al suelo. Pasear a piePero tranquilas, mis huesos estaban amortiguados por mis bienaventurados michelines. Y entonces fue cuando di gracias a dios por mi rellena silueta… Mis lorcillas, ahora queridas, amortiguaron el impacto que se saldó con unas medias rotas, el bolso desparramado, la vergüenza de mi hijo y la perplejidad y diversión de los allí presentes… ¿Soy la única que ha vivido una situación así? Pues cuéntame la tuya, que mal de muchos…

P.D: Y no me tocó el cupón de la ONCE. Moraleja, si pisas una m…, te j… y punto.