¿Se te ha roto alguna vez un vaso? Miles de cristales se quedan esparcidos por el suelo. Imposible recomponerlo. Así me quedé yo. Era un 13 de marzo, estaba lloviendo a mares. Era un día tan desagradable como la sensación de vacío que acompañaba a mi estómago. Pero daba igual. También era mi primer día, el primero en ser yo, en tomar las riendas. Por primera vez había decidido salir de mi zona de confort como asesoraban hasta el cansancio los coach de moda.

El espejo me devolvía una imagen desconocida para mí. Era como si me hubieran caído siete años encima. Pero, ojo, eran siete años bien llevados. No sé, me sentía bien en mi nueva piel. El gustillo de la venganza me estaba empezando a enganchar.

“Sería una venganza lenta, pero segura”

La escena que presencié el día anterior se había quedado grabada en mi mente. Llevaba el tatuaje del despecho en la mirada. Me daba igual, pagaría por lo que había hecho. Sería una venganza lenta pero segura.

Todo empezó con un comentario de Elsa. Qué oportuna, creo que ella no se imaginaba el tsunami que iba a provocar.

-Ayer le vi, imagino que salía tarde de la oficina. Marga le acompañaba. Estaban tan enfrascados en la conversación que ellos no se percataron de mi presencia.

-Ni idea. Cuando llegó a casa yo ya estaba dormida.

“A los infieles y mentirosos los huelo a distancia”

Mentira. Llevaba seis noches sin pegar ojo. Contando ovejas. ¡Qué digo ovejas! Rebaños enteros. ¿Sabéis que dicen que las mujeres tenemos más neuronas para la recepción de los olores que los hombres? Vamos que es algo que está científicamente probado. No es que yo sea más lista que nadie. Es que él olía distinto. Creo que a los infieles y mentirosos los huelo a distancia. Y eso que él antes de entrar en la cama se había duchado.

-Llegué tardísimo, este trabajo me está matando. Pablo me hizo visitar a un cliente por la tarde y las cosas se complicaron. Hace días que no piso la oficina y no quiero ni pensar en el montón de papeles que me esperan. Se excusó por la mañana mientras yo intentaba disimular las dudas.

Ahora todo cuadra. Jaime, mi mejor amigo, hacía dos semanas que me había puesto en alerta.

-Chata, no me gusta meterme en lo que no me llaman, pero tu T y Marga, la nueva de contabilidad, se llevan demasiado bien.

Y mis ojos lo confirmaron aquella tarde. Todavía se veía, y su empresa era conocida por sus enormes cristaleras. Leí en una revista que las oficinas completamente transparentes generan más confianza.

Eso les debió pasar a ellos. Tanta confianza, tanta confianza… Que acabaron liándose en la sala de juntas del primer piso. Casi todos los empleados ya se habían ido. Yo les espiaba desde la calle. Se veía todo. Más de lo que yo quería haber visto aquel día. Quería darle una sorpresa. Qué ridículo suena ahora. La sorprendida fui yo.

“T los besaba como si no hubiera un mañana”

Ella estaba semidesnuda (pero qué poca vergüenza. Los podían ver desde la calle). Melena lisa con mechas rubias. Era más bien bajita, más delgada que yo. Eso sí, con pecho prominente. Eso me pareció ver, porque T los besaba como si no hubiera un mañana. Estaban de pie. Él tenía la camisa desabrochada. Ella echaba la cabeza hacia atrás por el placer que le producía al tiempo que su falda se había convertido en un mini cinturón. Me hervía la sangre, el pulso lo tenía acelerado… Aquella escena… Ver cómo su mano dibujaba su cuerpo y se detenía en el sexo de ella… Cómo le bajó de forma salvaje las bragas… cambió de postura, se deslizó y…

“Tomé la decisión más difícil de mi vida”

Al llegar a casa tomé la decisión más difícil de mi vida. Pero también sentí algo que jamás había sentido y que jamás pensaría que me ocurriría tras haber sido testigo de tan descarada infidelidad. Pero sí me ocurrió.

Me fui hasta el baño, encendí el agua caliente y dejé correr el agua con tanta desesperación como las lágrimas que resbalaban por mi rostro.

Me despojé de mi ropa y cuando el agua estaba a buena temperatura, me metí en la ducha. El agua borraba mis lágrimas, pero no mis sentimientos de venganza. Sin pretenderlo mis manos comenzaron a deslizarse sobre mi cuerpo. Necesitaba sentir… sentir que estaba viva y que no lo necesitaba a él, ni a ningún hombre para tener un orgasmo. Me bastaba yo sola para quererme. Y en ese momento solo me necesitaba a mí misma. Y así fue. La venganza había comenzado.

Continuará