Hay pasiones que son incendios. Sin embargo, no nos damos cuenta de su presencia hasta que ya es demasiado tarde. La más diminuta de las chispas puede provocar que arda de deseo el universo entero.

Le propuse a Javier que se instalara en casa. Con Carol en el hospital y Titín dios sabe dónde… Había mucha casa al final de mi día. Me había acostumbrado a vivir rodeada de mis locos amigos, que habían decidido rellenar mi maldita maleta con sus vivencias.

El ingreso de Carol iba para largo. No había despertado. El pronóstico era reservado. El futuro se antojaba negro. Y Javier iba a necesitar un hombro sobre el que compartir tan pesada carga.

-¿De verdad no te importa que me instale aquí? No quiero abusar, yo…

Este hombre me tenía desconcertada. Me había hecho a la idea de alguien altivo y prepotente cuando era todo lo contrario. Sería por el revés que le había dado la vida, pero lo cierto es que conmigo era atento y cariñoso. Pasaba gran parte del día en el hospital. Y por la tarde noche le obligaba a bajar a la playa. Él necesita desconectar o también caería enfermo.

“Tal vez esa ausencia de pasión en nuestros actos era la clave. Quién sabe”

Hicimos un pacto. Nos concederíamos un ratito al día para aparcar nuestra angustiosa situación. Y así es como poco a poco aprendí a compartir. Compartir anécdotas divertidas, recuerdos de la infancia, chapuzones en el agua… cervezas al atardecer, mojitos cocktail 54 por la noche, risas y lágrimas. Me gustaba perderme en el fondo de sus ojos, observar sus manos de dedos alargados y su tez con pocas arrugas a pesar de los años. Su tono de voz me envolvía, me hechizaba. Podía pasar horas y horas escuchándole hablar. Con él me sentía tranquila, segura… en paz. Tal vez esa ausencia de pasión en nuestros actos era la clave. Quién sabe. Pero lo cierto es que me sentía más unida que nunca al destino de ese hombre.

“Javier comenzó a hacer cosquillas y los dos caímos al suelo entrelazados y muertos de la risa”

La playa era testigo de nuestras andanzas. Una tarde Javier me estaba contando cómo decidió convencer a su jefe de lo importante que era implementar un nuevo sistema de consultas en el programa del almacén. El tema apasionante no era… Sin embargo, verle cómo me lo contaba, disfrutando como un niño me hizo reír. Contagiado por mi explosión de alegría, Javier comenzó a hacerme cosquillas y los dos caímos al suelo entrelazados y muertos de la risa.

Pero de repente, una nube tiñó de gris el cielo, preludio de la tormenta que se avecinaba… Sin darnos tiempo a recoger nuestras toallas la marea subió y el cielo descargó con tal brutalidad que llegué hasta asustarme…

“Y las pasiones cuando se contienen durante mucho tiempo al final estallan”

Llevaba un sencillo vestido lencero de algodón que pronto se convirtió en un mero escaparate de mi propio cuerpo. Mi pecho, todavía erguido, se tensó y mis pezones… Dios mío moría de vergüenza al tiempo que buscaba algo para disimular el bochornoso espectáculo. ¿Pensaría Javier que quería ligar con él? El cuerpo a veces habla más de la cuenta. Y las pasiones cuando se contienen durante mucho tiempo al final estallan.

Nos giramos los dos al mismo tiempo. Lo leí en sus labios, lo vi en su mirada y lo sentí en sus manos… Pero, de repente, toda pasión quedó eclipsada por el irreverente sonido de los whatsapp. Dos mejor que uno. El primero llegó al móvil de Carol. Yo me había hecho cargo de él tras el accidente. Y segundo… Eran noticias del hospital…

Apenas tuve tiempo de comprobar quién escribía a Carol. Era Titín, que estaba ajeno a lo ocurrido. Solo me dio tiempo a ojear un lacónico mensaje… “Carol, ¿cuánto tiempo podré guardarle el secreto a Loren? Amo a Bruno y…” No pude terminar. El rostro angustiado de Javier, reclamó toda mi atención.

-Loren, tenemos que irnos Carol ha despertado.

CONTINUARÁ