Sí, Carol había despertado  de un largo y profundo sueño.  Los médicos prácticamente hablaban de milagro. ¿Su estado? Todavía era pronto para saberlo. Las instrucciones de los médicos fueron claras y precisas:

-Deben dirigirse a su familiar por su nombre, sin alzar el tono de voz y despacio. No hay que utilizar lenguaje infantil. Deben intentar hablarle de sus recuerdos, compartir sus sentimientos y situaciones agradables. Si observan que no muestra señales de respuesta, tengan paciencia. Tal vez pueda comprender lo que se le está diciendo. Por eso deben tener especial cuidado con su tono de voz, ya que puedo notarles nerviosismo o tristeza. Para evitarlo, empleen tonos positivos y muéstrele mucho cariño. Tengan en cuenta que las visitas deben ser cortas. Y mejor de una sola persona. En definitiva, hay que evitar la sobreestimulación del afectado. Así como dejar descansar durante períodos amplios y especialmente entre visitas. También se recomienda personalizar el ambiente del afectado, para que pueda ir tomando conciencia, su reloj, póster, fotos, calendario, perfume, olores que le gustaban…

Así hasta diez recomendaciones más. Perdí la cuenta. Y solo podía mirar con tristeza a Javier. Era como si de repente todas las arrugas que antes no existían en su rostro, el temor las hubiera dibujado de golpe.

“No te derrumbes ahora. Carol nos necesita… Yo te necesito”

-Tranquilo, pasa tú primero. Si quieres voy a casa y trato de recopilar algunas de sus pertenencias. En la maleta, sé que llevaba fotos vuestras, tuyas con los niños. Traeré también su perfume favorito y compraré lilas de camino. Siempre fueron sus flores preferidas. Por favor, no te derrumbes ahora. Carol nos necesita… Yo te necesito.

Después de pronunciar aquellas palabras me sentí una estúpida y traidora. ¿Por qué lo había hecho? ¿Estaba loca? Me odié por haber tenido la tentación de besarle aquella misma tarde. No estaba bien. Lo nuestro no habría funcionado. Tal vez por eso el destino mandó los mensajes.

“Era martes, había mercadillo”

Sumida en mis pensamientos me alejé del hospital. Volvería a casa… Pero antes necesitaba despejarme. Llevaba ya muchas semanas con mi vida patas arriba. Necesitaba recolocar mis pensamientos o simplemente no pensar. No sentir. Y así me perdí entre la multitud.

Decenas de turistas recorrían las calles. ¿Qué día era? Claro, mi día favorito. Era martes, había mercadillo. La algarabía me hizo sonreír. Por un tiempo no habría penas. Me lo había ganado. Compraría las lilas para Carol y algo para la cena…

-Hola, guapa, ¿no quieres hacerte unas trenzas?

No sé por qué una joven negrita de ojos verdes, espigada y bellísima, pensó que yo tenía cara de hacerme trencitas. Y no sé por qué acabé sentada en una minúscula silla dejando manipular mi cabellera por una extraña. Algo había en ella… Como siempre me había ocurrido, acabó contándome su vida sin yo preguntarle. Bastante tenía con lo mío. Pero como siempre me decía Titín, tengo cara de consejera espiritual. Y así fue como conocí a Elma. Y así fue como una vez más descubrí cuan ruines pueden ser las personas.

“Era una historia triste y cruel”

Elma era africana. Pero no, no había venido en patera a España ni nada por el estilo. No sé si su historia era más dramática que la de muchos que llegan a nuestro país en busca de la tierra soñada. La de Elma también era una historia triste y cruel. Sus padres vivían en España. Eran comerciantes. Pero la crisis y unas devastadoras tormentas habían acabado con su humilde puesto en el mercadillo. Para rematar un terrible accidente de coche había truncado la vida de sus padres. Con tan solo doce años fue a parar a un internado, una especie de orfanato. Allí un buen día la suerte se puso de su parte. Un matrimonio adinerado, con tres hijos, quiso adoptarla. Bueno eso fue lo que dijeron.

“Me agarró de la cintura y me susurró al oído: Póntelo, quiero ver cómo te queda. No te pongas ropa interior, te quedará mucho mejor así”.

Más bien la pareja de sinvergüenzas buscaba una criada gratis. Y él… algo más. Iba de familia respetable, de alta alcurnia, y terminaron siendo dos tiranos.

-Al principio todo fue como un sueño. Ropa nueva y preciosa, cama confortable… Tenía hasta mi propia habitación. Incluso parecía que me trataban con cariño. Pero poco a poco la señora fue mostrando sus verdaderas intenciones. “¿Te gusta la vida que te estamos dando? Claro bonita, es perfecta ¿verdad? Pero a partir de mañana las cosas cambiarán, tendrás que ganártelo. Cuidarás de los pequeños, Amina y Luis, tendrás que jugar con ellos, bañarlos, darles la cena… Y ocuparte de los deberes con Tomás. Vigila que estudie. Además te levantarás pronto. Siempre hay mucha ropa que planchar. Harás los baños, limpiarás los suelos… Y Tere te enseñará a cocinar. Mi jornada empezaba a las cinco y acaba a las diez leyendo el cuento a los pequeños.

Mis ojos estaban abiertos de par en par… Pero qué gente más ruin.

-Así pasé un año. Hasta que un día el señor y yo estábamos solos en casa. Me trajo un vestido de seda precioso y me lo regaló. No había ningún motivo. Y no entendí bien por qué lo hacía. En esas, que antes de poder si quiera darle las gracias, me agarró de la cintura y me susurró al oído: “Póntelo, quiero ver cómo te queda. No te pongas ropa interior, te quedará mucho mejor así”. Le dije que no era necesario. Pero él me retó con la mirada y alzó su mano. Tuve miedo. Y así lo hice. Me puse aquel vestido… todavía recuerdo su mirada encendida. Sus manos comenzaron a recorrer mis senos mientras trataba de zafarme. Después una de sus manos acabó buceando en mi sexo… Yo estaba aterrada. Me rasgó el vestido, me lanzó al sofá y se bajó los pantalones… Quise morirme.

“Me relató cómo escapó de la casa de los horrores y cómo terminó haciendo trencitas en el mercadillo de esta pequeña playa”

Los ojos de Elma se llenaron de lágrimas. Y me vi calmando a una desconocida…

-Perdóname, no sé por qué te lo cuento. Jamás se lo había contado a nadie, me reveló mientras hipaba.

-Tranquila, necesitas desahogarte. Échalo fuera y verás cómo estás mejor.

Y así estuvimos durante casi dos horas. Elma me relató cómo escapó de la casa de los horrores y cómo terminó haciendo trencitas en el mercadillo de esta pequeña playa. Además, sabía leer la mano, hacer magia negra y blanca. Muñecos vudú… Cada vez me sentí más fascinada por esa muchacha de apenas 20 años. Tanto que una mañana se me ocurrió una ¿brillante idea?

CONTINUARÁ