Un terrible dolor de cabeza me sacó de mi letargo. Presa del pánico, traté de zafarme de las cuerdas que sujetaban mis manos al cabecero de la cama. Pero mis esfuerzos resultaron inútiles. También tenía atados los tobillos y una cinta adhesiva en la boca. Una estampa muy parecida a la que había visto miles de veces en series como CSI. ¿La diferencia? Que las series son ficción y esto era la realidad. Y en mi realidad no había una víctima súper inteligente y mañosa, que tiene la suerte de cara, y que consigue liberarse gracias a una navaja puesta por obra y gracia al lado de sus dedos.

“Presa del pánico, ya me estaba imaginando descuartizada por mi agresora”

Pero debía mantener la calma. Controlar mi pánico era mi objetivo. Algo complicado teniendo en cuenta que gozo de una imaginación fuera de lo común. Ya me estaba imaginando descuartizada por mi agresora. Incluso llegué a escuchar unos sigilosos pasos que se acercaban hacia mí. Es más, sentí el frío filo de un cuchillo que me iba a desgarrar en cuestión de segundos. Sin embargo, todo era producto de mi mente.

De repente, al alzar mis ojos hacia el techo, una sombra escurridiza llamó mi atención. “Dios, lo que me faltaba. Una salamanquesa me está acechando, no puedo gritar, ni salir corriendo”, pensé presa del pánico, mientras un sudor frío recorría mi cuerpo y el corazón estaba a punto de salirse del pecho. Mi situación era patética: estaba acojonada por una salamanquesa inofensiva, que recorría nerviosa el techo, mientras yo permanecía inmóvil en la cama, víctima de un terrible dolor de cabeza y un miedo irracional.

“Angustiada, contuve mi respiración a la espera del fatal desenlace”

En esas estaba cuando alguien abrió la puerta de casa. ¿Sería mi agresora? ¿Volvía para rematarme?

Fueron segundos de pánico en los que creí desfallecer. Angustiada, contuve mi respiración a la espera del fatal desenlace. Tanto solo se escuchaba el latido acelerado de mi respiración. Tenía la boca seca, unas náuseas terribles, la cabeza a punto de estallar… Y un grito que se ahogaba dentro de mi pecho, que luchaba por salir. Pánico, miedo…

-Loren, ¿estás en casa? Grita, por favor, sé que algo pasa…

La voz de Javier vino a ser algo así como el arco iris que alegra el cielo después de la tormenta. Un rayo de esperanza dentro de mi pánico. Pero el rescate no iba a ser tan sencillo.

La casa era pequeña, pero la astuta de Elma había pensado en todos los detalles. Me había encerrado en mi habitación. Ella había escapado por la ventana. Yo no podía gritar, ni golpear nada porque estaba atada.

Entonces, mi salamanquesa querida, aquella por la que tanto pánico había sentido, jugó a mi favor. Sin ser consciente de su hazaña, el pequeño reptil trepó por el cuadro de Audrey Hepburn, que me había comprado en Amazon, y que presidía mi cuarto. En cualquier otra ocasión habría gritado enfurecida. Pero ese día di gracias a dios y me reconcilié con el mundo animal. Sus ágiles patitas hicieron que el cuadro se tambaleara y cayera sobre la cómoda, para después provocar que un bonito adorno de mis viajes por México cayera al suelo.  La estatua provocó tal estruendo que rápido alertó a Javier.

-Loren, ¿qué ocurre? No puedo abrir, gritó presa del pánico mientras trataba de abrir la puerta…

Y Javier, entonces, sí decidió utilizar un recurso muy manido en las series de las que antes os hablaba: la patada en la puerta. Sí, esa puerta que con tanto mimo había restaurado meses antes, y convertido en toda una obra de arte dadas mis pocas habilidades para las manualidades, ahora yacía en el suelo hecha añicos. Ya nada es tan resistente como antaño. ¿O sí? Nuestra incipiente amistad había resultado ser más resistente de lo que yo pensaba. E iba más allá…

CONTINUARÁ