Alguien me dijo un día que la esperanza es de las cosas más peligrosas que puede haber. ¿Será verdad? ¿Es tan malo dar o tener esperanzas…? ¿Puede resultar perjudicial decirle a alguien que todo va a ir bien? ¿O convencer a quien más quieres de que tenga la esperanza en que se curará o sus problemas se solucionarán? No lo sé. Por lo tanto, no iba a ser yo quien le diera esperanzas a Carol. Lo que sí le expliqué es cómo yo veía la vida.

“Si te quedas rígido al final te rompes…”

-Mira, Carol, la vida no es un callejón sin salida. Siempre puedes girar y dar la media vuelta y partir de cero. Ya lo hemos hablado. Pero nunca, nunca te quedes quieta. ¿Sabes por qué las secuoyas crecen tanto? Porque se doblan con el viento. Si te quedas rígido al final te rompes… No me mires así, es una frase que escuché en una serie y me ha parecido muy acertada decírtela.

-Loren, no dejas de sorprenderme. Pero tienes razón… Me voy a doblar para coger otra cerveza. Después, bajaremos a la playa. Necesito despejarme. Sentir su olor, acurrucarme mientras escucho el murmullo de las olas, las caricias de la brisa…

-¿Te has tragado un libro de poesía?

-Hija, qué cambios de humor tienes, y qué borde que eres a veces. Ahora que has roto el momento mágico, ¿qué tal si nos vamos a la cala que me dijiste el otro día? Necesito mover el coche o se descargará la batería. Y así te aireas, que creo que te hace falta. 

Cogimos unas chaquetas, la tarde estaba fresquita. Debajo el bikini, y en el capazo, los pareos entremezclados con la pequeña nevera con más cervezas, bronceador, una bolsa de patatas… El mar siempre me abre el apetito (bueno, siempre tengo apetito…)

“¿También tienes la sensación de que te espera algo nuevo? Yo tengo esperanza, ¿y tú?”

El coche de Carol era una pasada, descapotable… El día estaba un poco nublado y nosotras nos sentíamos como Thelma y Louise. De hecho, mientras Carol conducía con la sonrisa dibujada en la cara, y esta vez sin su Chanel rojo en los labios, gritaba a pulmón abierto: Me siento despierta. Muy despierta. Nunca me había sentido tan despierta. ¿Me comprendes? Todo parece distinto. ¿También tienes la sensación de que te espera algo nuevo? Yo tengo esperanza, ¿y tú?

Había visto esa película 375 veces, y siempre habíamos soñado con recrear alguna de las escenas. Y ahora estábamos ahí, con el viento soplando a nuestro favor… ¿O tal vez era en nuestra contra y no nos habíamos enterado?

Era cierto, ambas teníamos la esperanza, otra vez la esperanza, de que algo nuevo iba a suceder.

-Carol, ¿no vas muy rápido? Chica se me están quedando pelos de loca, voy a tener que gritar aquello de ‘Ruper, te necesito’, cuando baje del coche….

Fueron mis últimas palabras hasta que un gran estruendo, un fuerte olor a humo, y un dolor insoportable en mi cabeza convirtiera en angustia aquel día de renacimiento.

“Tenía la esperanza de que todo había sido un mal sueño…”

-¿Estás bien? Carol, por favor, contesta. Hemos tenido un accidente, Carol, por dios, despierta…

No sé de dónde saqué fuerzas… Cómo pude salir del amasijo de hierros en el que se había convertido el coche… A duras penas, palpé el móvil y con apenas un hilo de voz conseguí llamar a urgencias… Tenía la esperanza de que todo había sido un mal sueño… Que en realidad estaba durmiendo plácidamente en mi casa.

Pero no, no era un sueño. Era una pesadilla real. Un conejo se había cruzado en nuestro camino, mientras Carol y yo cantábamos como dos locas desquiciadas. No lo vimos. Ni lo sentimos. Tampoco pudimos controlar la situación y nuestro vehículo volcó.

Yo estaba bien, apenas un intenso dolor en cuello y cabeza… Pero Carol… No respondía, respiraba pero estaba inmóvil…

“En ese momento entendí perfectamente el sentido de la palabra esperanza”

Tras unos minutos de angustia, la gente comenzó a agolparse a nuestro alrededor. Sentir que no estaba sola, aunque fueran extraños, me hizo respirar. Y tener fe. Las ambulancias no tardaron en llegar. Nervios, gritos, confusión… Al comprobar que lo tenía todo controlado… Me desplomé…

Desperté unos minutos después, en la ambulancia. Su sonido se me metió en el cuerpo, y a día de hoy, un escalofrío recorre todo mi cuerpo cuando lo escucho. Es un sonido insolente, preludio de que algo va mal. Y la señal de que un vida está en peligro. En ese momento entendí perfectamente el sentido de la palabra esperanza. La esperanza era la columna a la que aferrarse para, cuando el viento sopla en nuestra contra, no salir volando. Asirnos con fe a ella puede ayudarnos a mantenernos con vida.

CONTINUARÁ