Estuve dormida, inconsciente, drogada, medio muerta… Cerca de cinco días. Ingenua de mí había vuelto a fiarme de la persona equivocada. De nuevo había sido engañada. Elma no era una pobre alma cándida como yo creía, sino una astuta ladrona con varios años de robos a sus espaldas.

En busca y captura desde hacía meses, era una auténtica experta en burlar a la policía, en engatusar a personas débiles como parece ser que era yo… Su razón de ser era esa: ganarse el cariño de su víctima, con versiones dramáticas y lacrimógenas de su vida, para, después, drogarla, dejarla inconsciente y robarle. Y yo caí en su trampa.

Por suerte, no tenía demasiadas cosas de valor y el botín que obtuvo fue tan decepcionante como el chasco que yo me había llevado. Sentirme engañada era desolador.

“Aquella mañana tuvo la certeza de que algo malo estaba ocurriendo”

Javier fue el primero en percatarse que algo no iba bien. Sabía que yo no dejaría de ir a visitar a Carol a no ser que algo muy pero que muy importante me lo impidiera. Y tenía la seguridad de que antes le avisaría. Por eso, aquella mañana soleada, cuando vio que yo no estaba allí a primera hora, tuvo la certeza que algo malo estaba ocurriendo.

-Loren, ¿estás bien? Coge el teléfono, maldita sea. Me tienes preocupado, llevo días sin saber de ti. Vale que te tomes un descanso, pero por lo menos llámame. Necesito escucharte… (el tono de su voz era el de una persona nerviosa y agobiada…)

Sin darse cuenta, Javier se había enamorado de mí. Sin embargo, debía ocultar su pasión por el cariño que sentía hacia Carol. Además, creía estar en deuda con ella. En el fondo, pensaba que todo lo ocurrido había sido por su culpa. A veces, cuando el amor se apaga, es mejor afrontarlo cuanto antes… En cambio, el fuego del tedio es devastador. Calcina todo lo que encuentra a su paso. Nada se salva. Y no hay vida suficiente para tratar de reconstruirlo. En su caso, había habido suerte. El accidente de Carol había llegado justo a tiempo de que las llamas no devorasen sus lazos de amistad. Por eso seguía ahí. Porque era la madre de sus hijos y porque un día fue la mujer a la que amó. Al menos le debía eso, su cariño.

Sin embargo, Loren se había convertido en el motor de su existencia. Por las noches, le consumía el fuego del deseo. Imaginaba cómo sería hacerle el amor. Recorrer con sus manos su fina piel. Dibujar con sus dedos el mapa del deseo. Para después examinarlo con sus ardientes labios. Perderse en su sexo, debía ser lo más parecido al éxtasis. Pero de momento tenía que conformarse con ahogar sus ganas en la copa de licor que se servía cada noche.

Carol se había recuperado bastante. Y prácticamente hablaba con claridad. Andar era más difícil pero también lo estaba consiguiendo. Su fuerza y tesón eran admirables. Quería vivir. A pesar de la maldita maleta que llevaba sobre su espalda, Carol se había dado cuenta de todo. Era consciente de que Javier y Loren, aunque ni ella misma lo supiera, se había enamorado. Les ayudaría, haría lo que estuviera en su mano para conseguir que fueran felices.

“Los dos sabemos lo mucho que la queremos. No me mires así… Ya hablaremos. Ahora ve”

-Javier, ¿qué te ocurre? Te noto agitado.

-Tranquila, Carol, no es nada.

-No me mientas. Ya no. Detesto sentirme engañada. Por favor, qué pasa.

-Es Loren, hace días que no sé de ella y me preocupa.

-Por dios, ve a su casa, ¿cómo no me lo has dicho? Sé que Elma estaba con ella… La chica esa que conoció en el mercadillo… No termino de fiarme de ella… no sé no me hagas caso… Sabes que todavía deliro…

-Llevas razón. Iré a su casa. ¿Te importa quedarte sola?

-Ve, corre. Te lo ruego. Los dos sabemos lo mucho que la queremos. No me mires así… Ya hablaremos. Ahora ve.

Javier no le dio más vueltas. Agarró las llaves del coche y desapareció por la carretera ansioso de llegar a la casa de Carol.

Veinte minutos después…

CONTINUARÁ