Todos nos rompemos alguna vez. Lo importante es aprender a recomponer nuestras piezas. Darle forma al puzzle en el que nos hemos convertido y armarnos de valor para tenernos en pie. Partir de cero, una y otra vez, hasta la definitiva. Días, meses… todo era confuso.

Tras comunicarme los médicos que Carol estaba en coma inducido sentí que me aproximaba a un abismo. El doctor Rico (vaya con el nombrecito. Parecía una broma del destino, pues era de todo menos rico) me explicó en qué consistía eso del coma inducido. Era algo así como si el cerebro se hubiera quedado en ‘stand by’ mientras el cuerpo trataba de recuperarse.

Había esperanzas. Me dio esperanzas. Si dentro de las dos semanas siguientes Carol abría los ojos espontáneamente, lo peor habría pasado. “Parece ser que aproximadamente el 74% de estos pacientes podrán volver a la conciencia y recuperarse por completo”.

Mucha información para un cerebro saturado… Menudo papelón. Me armé de valor, tomé prestado el móvil de Carol y busqué el número de su marido. Bebí agua. La garganta se me había secado. Me sudaban las manos y temblaba todo el cuerpo. ¿Qué le iba a decir? Marqué su número. Tuve que hacerlo varias veces. Estaba apagado o fuera de cobertura. “¡Valiente cabrón. Qué coño estará haciendo! Su mujer medio muerta, y él a su bola. No me extraña…”

-¿Carol? Ya era hora de que dieras señales. ¿Ya te has cansado del jueguecito? ¿Cuántas copas llevas hoy? ¿Tengo que pasar a buscarte como siempre?

Apenas pude hablar. Me quedé paralizada. Javier había soltado tales barbaridades que no me había dado tregua para meter baza y sacarle de su error. No. Yo no era Carol. Pero ¿qué estaba ocurriendo?

Cuando por fin calló su bocaza, pude intervenir.

-Javier, no soy Carol. Soy su amiga Loren. No sé si te acordarás de mí y poco me importa. Pero tengo que decirte que tu mujer está ingresada en el hospital… Estoy con ella… y…

“Y mis sentimientos por Carol parecían también haber caído en coma inducido. Se habían paralizado”

No pude contenerme y me rompí. Lloré como una niña, mientras Javier, al otro lado del teléfono, trataba de calmarme. ¿No tendría que ser al revés? Cuando por fin terminé de lloriquear como una niña, Javier, con aplomo y seguridad, afirmó: “Ya voy. Cogeré el primer vuelo. Después alquilaré un coche. Dame la dirección. En unas horas te veo. Mientras tanto, cuídala, no la dejes partir. Por favor, retenla. La necesito. Aunque no lo creas es mi vida”.

Y sin más colgó. Desconcertada, trataba de encontrar explicación a sus palabras. ¿Quién era en realidad Carol? ¿Mi amiga me había engañado? ¿Javier no era un ser despreciable? Avergonzada, furiosa, desconcertada… me acerqué a la cama de Carol y la hablé con dolor y rabia como nunca lo había hecho. Tal vez, el saber que no me podía escuchar ni responder, me hizo más fuerte, le vomité todo lo que sentía. La verdad me abrasaba. Y mis sentimientos por Carol parecían también haber caído en coma inducido. Se habían paralizado. Mi amistad agonizaba.

“No quería pensar en nada. No lo necesitaba. Solo respirar, respirar… sentir que estaba viva”

Regresé a casa. Necesitaba darme una ducha antes de que Javier llegara. Ni rastro de Titín ni de Bruno. Solo una escueta nota: “Chicas, regreso al mundanal ruido. Problemas en el curro. En cuanto lo resuelva, regreso. Cuidaros. Siento irme de esta forma tan abrupta, pero el deber me llama. Os quiere, Titín”. Sin embargo, Bruno, como ya era habitual en él, despareció sin más. Visto lo visto, estaba sola. Muy sola.

La ducha me sentó bien. Agua templada, saliendo con fuerza que limpiaba hasta mi alma. El vapor me sumió en una bruma de ensueño. Estaba tan cansada… No quería pensar en nada. No lo necesitaba. Solo respirar, respirar… sentir que estaba viva. Ahora era consciente, y aunque fuera una egoísta al pensarlo, de que estaba viva. Tenía una segunda oportunidad y no la iba a desperdiciar.

Salí del baño. Mis sentimientos ya no estaban en coma inducido. Había despertado. Quería y debía estar fuerte para afrontar la enfermedad de Carol y el encuentro con Javier. Me preparé un mojito cocktail 54. Una suerte de bebida deliciosa que desde hace 21 días me acompañaba en mis mejores y peores momentos. Tenía mucho por lo que brindar conmigo misma: estaba viva y rezaría por Carol. Que estuviera en coma inducido no quería decir que estuviera muerta. Ella también viviría.

“Me giré y allí estaba él. Desencajado, descompuesto…”

A las ocho regresé al hospital. Estaba situado a las afueras del pueblo. Una suerte de estructura gris plomo imponente. Era nuevo. Apenas un año desde su apertura. Se notaba, todo estaba limpio, prácticamente inmaculado. Y eso me dio miedo. Era frío casi diría que gélido. No contaba con demasiados pacientes. ¿En las zonas de playa no enferma la gente? Lo busqué en doctor Google. Era cierto, vivir en zonas de playa mejoraba la presión arterial, las articulaciones, el corazón y favorecía la relajación… Benditos estudios. Bendita Internet, que haríamos sin ella.

Alguien rompió el silencio del hospital… Me giré y allí estaba él. Desencajado, descompuesto, diría que abatido. No esperaba ver así a Javier. Durante las últimas semanas había escuchado pestes sobre él y me había fabricado mi propia versión del marido de mi amiga. Un ser despreciable. Es cierto, los prejuicios nos nublan la razón. Y yo tampoco había caminado en sus zapatos. No sabía su historia. Y ardía en deseos de escucharla.

CONTINUARÁ