Las confesiones no van a tardar en llegar. Os despejaré la duda. Era Bruno y se acababa de casar con Karen. Dios mío, recuerdo el sudor frío que recorrió mi cuerpo, los nervios que asfixiaban mi garganta. No podía hablar, ni gritar, sentía que el corazón iba a doscientos y temí caer redonda.

¿Estás bien? Te has quedado pálida como si hubieras visto a un fantasma… Bebe un poco, te sentará bien.

Apenas pude articular palabra. Cuando me quise dar cuenta estaba en una de las terrazas del salón, intentando despejarme mientras un desconocido hablaba sin parar.

“Reconozco que mi mente llegó a hacerme creer que estaba teniendo sexo con mi amor platónico”

Cinco copas después, y sin poder quitarme la imagen de Bruno de la cabeza, caí rendida ante esos ojos azules que me miraban con deseo. Me dejé hacer el amor. Y sí, disfruté. Aunque reconozco que mi mente llegó a hacerme creer que estaba teniendo sexo con mi amor platónico. Me había convertido en… Me niego, no fue eso. No había nada malo en tener sexo con un desconocido. No estaba haciendo daño a nadie. En cambio, a mí, a la niña que fui, sí que se lo habían hecho.

Basta de recuerdos. Mi nueva vida me estaba esperando y no debía perder el tiempo hurgando en el pasado. Lo primero que tenía que hacer era centrarme en terminar de una vez las reformas de mi apartamento. Debía pintar y colocar armarios. Qué curioso miles de veces he leído que colocar tu hogar tiene un efecto calmante. Es la mejor terapia para sanar el corazón. Una vez que te deshaces de todo lo que no te sirve, dejas hueco para nuevas experiencias. Mi maldita maleta se iba a vaciar de una vez por todas. ¿O no?

Aquellas confesiones la hundieron en un mar de lágrimas

-Loren, soy Luna. ¿Me puedes abrir?

La vocecita de mi misteriosa vecinita me sacó de mi ensimismamiento.

-¿Qué ocurre, Luna?

-Mi abuela, que se encuentra muy enferma y mi tío no está. Estoy sola y no sé qué hacer…

La angustia de la pequeña me hizo tomar las riendas de la situación. Doña Juana, que así se llamaba la gruñona del barrio, había sufrido un desvanecimiento. Y la pequeña estaba asustada. Rápidamente llamamos a una ambulancia. Y la trasladaron al hospital. Me quedé a cargo de Luna, yo que nunca quise tener hijos por todas las responsabilidades que conllevan… Qué irónica es la vida.

-¿Y tus padres, Luna? Ya sé que son preguntas personales, pero necesito saber más cosas de ti. ¿Por qué vives con tu abuela y con tu tío?

Los ojos de Luna se llenaron de lágrimas. ¡Ay dios! La he liado. La cotilla que vive en mí ha tomado las riendas una vez más y la he cagado.

-No tengo padres. Murieron hace unos años. Primero mi madre… Bueno, ella nos abandonó a mi papá y a mí. Decía que quería conocer mundo y que se ahogaba encerrada en casa con nosotros. Un día se fue. Se fue muy lejos… Lo que no sabíamos es que ya no volveríamos a verla más. Unos meses después nos comunicaron que había muerto víctima de un robo.

“Sentía algo por ella… como si hubiera formado parte de su vida en un pasado…”

Traté de consolar a Luna, pero ya era demasiado tarde. La pequeña estaba reviviendo su drama por mi culpa. Sus confesiones me estremecieron.

-Yo creo que la pena mató a mi papá. Él la seguía queriendo… Ya estábamos viviendo aquí con mi abuelita cuando sufrió (la pequeña tragaba las lágrimas mientras buscaba el término correcto)… Creo que se dice ictus. Yo estaba en el cole, y mi abuela llamó a la ambulancia. Lo ingresaron, pero a los dos días también se murió. Por eso, tengo tanto miedo ahora. Loren, ¿también se va a morir mi abuelita? Es que mi tío está fuera y no quiero preocuparle, pero tengo mucho miedo…

Al escuchar sus confesiones, sus miedos… La pena encogió mi corazón pero a la vez lo hizo más fuerte. Durante los siguientes días me hice cargo de Luna y entre las dos se estableció un gran vínculo. Sentía algo por ella muy especial… como si hubiera formado parte de su vida en un pasado…

Y no, no sabía el nombre de sus padres. Me daba pánico hacerla pasar por el tormento de hurgar en su maldita maleta. Era demasiado pesada para lo pequeña que era.

Cuando doña Juana por fin regresó a casa, mi vida volvió a la rutina. Sí, ya habían pasado más de 21 días y sí, me estaba adaptando a aquella nueva situación. Incluso tenía relaciones… extrañas pero relaciones. Ya me daba igual lo que los demás pudieran decir de mí… ¿Me estaba engañando? Sí, porque lo llamaba sexo cuando quería decir amor. Y sí, esta es una de las grandes confesiones que os hago.

CONTINUARÁ