Viva mi móvil, que es tanto como decir, viva el rey (de mi bolso, de mi mesilla, de mis noches en vela esperando a mis hijos…) ¿Qué como ha sido? Pues se ha ahogado, como una ballena varada. Cayó de mi bolsillo mientras yo me afanaba en regar las plantas. De haber llovido (que ya estamos en el tiempo indicado, digo yo) me habría ahorrado este menester y el consiguiente disgusto. Pero ya no hay remedio, igual que no pudo hacerse nada con el pobre móvil, hinchado por el agua y con todas sus tripas al aire.

¿Se puede vivir sin móvil? “He iniciado una terapia de contención”

Creí que enseguida conseguiría un sustituto (al fin y al cabo, un móvil no es un novio ni un jefe). Pero las cosas se han ido complicando. Y no parece que antes de un par de semanas tenga otro disponible. Así que he iniciado una especie de terapia de contención conmigo misma. Estoy tratando de saber hasta dónde puedo llegar sin llamar a todas horas a mi casa. Si soy capaz de organizar citas con mis amigas hablando por el teléfono fijo, como se hacía antes, o me dejan de lado para todos los guateques. De momento, mi amiga Charo, que me llama todos los días varias veces, ha dejado de hacerlo (quizás el problema lo tenga ella, claro). ¿O será una señal para cambiar de amiga? Charo, ponte las pilas.

Quiero medir si puedo estar sin consultar si el Huesca por fin gana algún partido y no bajamos a segunda de nuevo a mitad de temporada. Si el hola.com tiene algún divorcio no anunciado o si me dimite algún ministro. Si, si, si… Todo en condicional, desde luego.

“Parezco una biblioteca andante”

Como encima de memoria ando pez, sólo me sé un número y su propietario vive conmigo o sea que no tengo que usarlo mucho. Me voy apuntando en tarjetitas los de aquellos que me van llamando, a ver si estoy viva o muerta tras varios días fuera de la red. Parezco una bibliotecaria de antes. Llevo ya una colección de papeles que empieza a parecer una baraja aquello: el del banco, el de Ana, que como ya está jubilada tiene mucho ocio, el de mis hijos, que no lleguen tarde a clase, el de la peluquería que ya me toca canas…

Calista habla por teléfono. vivir sin móvil

“Pregunté por un teléfono público… todavía se están riendo…”

Sólo he tenido un momento de ansiedad, por llamarlo de algún modo. El otro día me fui al centro con una amiga que está peor que yo. Por favor, Mariló ponte saldo, que lo tuyo es muy fuerte. Tenía que contactar con mi hogar, así que pregunté en tres locales muy nutridos si tenía teléfono público. Aún lo están contando en sus casas, como la anécdota del mes. “¿No llega una tía y me pide en el bar que si hay una cabina? Será antigua la tronca…” O similar. Si hubiera pedido una cosechadora para entrar en la puerta del Sol me habría mirando con más comprensión. ¿A ver si el problemita del móvil lo tienen otros y no yo?

Y aquí termino, que debo hacer algunas llamadas y tengo que aprovechar que dispongo de un fijo en una mesa. Sólo me falta pedir las páginas amarillas para que me lleven a un circo. ¡Señor!