Lamentablemente cada cuatro semanas tengo que teñirme el pelo porque el peso de las canas amenaza con sepultarme. Y aunque ya peino años, sólo faltaría que de blanco ceniza me confundan con mi abuela. Aún no estoy para eso, creo.

Ayer cumplí con el protocolo y acudí, cual oveja con cencerro, a mi ritual. Mi estilista, llamémosla M., me dijo eso de… “¡uy! ya te tocaba”. Menos mal que como esto es igual que hacer la compra, una obligación que duele (por el dinero, digo), me llevo un novelón, una chocolatina y a esperar el milagro del tinte cayendo sobre mi cabeza.

En esto estaba, cuando por el rabillo del ojo veo a una de mi trabajo.  P.G. (no pongo su nombre completo porque me temo que no le gustaría, sería tanto como si fuera sospechosa de atropello). La reconocí por el bolso (que es de marca y lo deseo más que a Brad Pitt). Bajo su propio tinte, con una expresión que se diría de virgen mancillada. Rápidamente me giré para que no me reconociera bajo mi tupida masa. Si estaré poco apetecible que ni yo misma me miro al espejo en lo que dura este trance.

Pero P.G. hizo un leve gesto que la delató: ella también me había visto. Así las cosas, cada cual se puso con su novela, como si pudiéramos leer algo en esta situación.

Teñirse el pelo: “Las capas que nos ponen son de peregrina del Camino un día de tormenta”

Calista lavándose el pelo. teñirse el pelo

Hasta que M. me llamó: “¡¡¡¡A lavarrrrr!!!!”. Lo malo fue que al unísono escuché otro mensaje. P.: “¡¡¡¡A lavarrrrr!!!!”. Horror, todos mis esfuerzos para nada. Nuestras cabezas teñidas se iban a encontrar en el mismo punto, pegajosas e indeseables para cualquiera que no fuera a cobrar por tocarlas. No he dicho que las capitas que nos colocan para que no pringuemos todo de tinte son de traca: nada más alejado de parecer Superwoman. Yo más bien diría que somos como peregrinas del Camino en un día de tormenta y ya caladas.

Los riesgos de teñirse el pelo y hablar por el móvil

A todo esto, me llaman de casa, ya ves tú que no me llaman nunca, salvo para pedirme dinero para el bonometro o decirme que ese día llegan tarde. El móvil pegado en mi oreja se quedó ahí, como un imán. Al terminar la llamada, la pantalla estaba negra y parecía que el líquido corrosivo hubieran entrado en sus tripas. No podía colgar ni llamar, ni ver guasaps ni nada. Para colmo, las gafas de ver también se me habían quedado así, desteñidas con el tinte, a juego con el móvil. Para tirar, vamos. Esas patillas parecían alambres sin lustre.

Ya en el lavadero, P.G. dejó su ostracismo porque no le quedó otra. Y al mirarnos sentimos formar parte de esa fauna al servicio de la estética que volverá a pecar. Espero que no nos pillen en una liposucción juntas. Ahí sí que creo que sucumbiría. Los pelos, vale, pero los muslos al aire… Eso es otra historia. Y salí de allí con una cita para el próximo mes. Jesús, qué suplicio.