Si hay un sitio donde nunca me vais a encontrar en caso de que me pierda, ése es un gimnasio. Ya lo probé una vez y me juré que ni una más. Semejante aburrimiento no es está pagado (aunque te lo cobran a base de bien). Que si dale a la bici, que si ahora en el suelo, que si agarra las pesas, que si sube los glúteos, que bajes la pierna… para quedarme igual que estaba o peor.

No es que a mí me sobren los kilos, lo que me sobra es colesterol y algunos años. Y visto que no dejo de comer chocolate ni aunque me lo recete el doctor House, tuve  que buscarme otras alternativas: tenis ni hablar, que no soy capaz distinguir la pelota de mi pie. Hípica, a ver de dónde sacaba yo un caballo; piragüismo, se me pasó la edad y el músculo; nadar… soy más de secano que las patatas… Me quedaba lo fácil: pin pong o running, como dicen los modernos a lo que yo llamo sencilla como soy…CORRER.

Así que a lo tonto me lo bailo (que dice mi amigo Luis) ya he cumplido un lustro largo dándole a la zapatilla. Es baratísimo: tengo las mismas Adidas que hace varios años (con roto en el dedo gordo incluido), los pantalones que uso ya lucen algún agujero, no me cobran por usar las aceras y los parques y, básicamente, salgo cuando me da el ancho, o sea, después de la compra, la cena, la lavadora, el perro y alguna cosilla que se me olvida de tipo doméstico. Hay días que, incluso, me siento liviana como una pluma.

Me he apuntado a alguna carrera, por eso de ver qué se siente entre tanto aficionado. Y a duras penas he conseguido terminarlas. Menos la del otro día. Menudo chasco. Es la popular José Cano, que empieza en la puerta de mi casa y lleva 39 ediciones, lo que la ha convertido en una prueba clásica. Acudí a la línea de salida con mi habitual uniforme de trapillo, pero henchida de emoción porque mi hijo Nicolás me iba a fotografiar cuando pasara por delante del balcón, como una campeona más. Perdida entre centenares de aspirantes a la victoria esperé a que un spiker trilingüe (alucina) nos diera el permiso para salir pitando. 3, 2, 1 y salí disparada como una liebre.

Hasta que a tres metros de la línea de salida veo que un pobre hombre se ha tragado una señal y está por los suelos sin poder moverse. Yo, que peso unos 50 kilos, trato de parar a la masa que se nos venía encima para que al herido no lo sepultaran y a una servidora tampoco. Sorteados los corredores, tocaba encontrar a alguien de la organización que se ocupara del lesionado. Y además, ponte a buscar a la ambulancia porque el herido seguía sin levantarse del asfalto y aquello pintaba mal.

Calista con una barra de pan. Carrera urbana

Cuando la localicé y puso rumbo al lugar del accidente, la carrera llevaba lo menos diez minutos dale que te pego. Pero yo, que tengo una voluntad de plomo, me dije: a alcanzarlos. Y me lancé calle abajo, más sola que la una, a ver si conseguía integrarme en la masa corredora. Todo lo más que conseguí fue adelantar a dos que iban andando con sus dorsales tranquilamente y que la policía me mirara con compasión de perdedora. Hasta que mi hijo, aburrido en el balcón, me tiró dos fotos cutres mientras me preguntaba ¿pero qué hacías que se han ido todos hace rato? A los dos kilómetros (la carrera era de diez) me di el voltio, compré la barra de pan de la comida y regresé a mi casa a tomarme un chocolate con churros. El deporte será muy sano pero hay días que parece una trampa. Que se lo digan al herido que se comió la señal. Lo mío, al menos, lo subsané con calorías y más colesterol del malo.