Poco a poco, Carol se fue calmando. Pasó del dolor, la exaltación y la embriaguez a un sueño profundo. Se quedó dormida en el sofá. Cuando Titín regresó a casa, lo flipó. Le puse un poco al tanto de la situación. Eso sí, le pedí que se mantuviera al margen. Esta vez las riendas de la situación las tomaría yo. Me hizo caso. Por una vez, siguió mi plan.

-Carol, al menos, le habrás dicho a Javier dónde estás. No querrás que te denuncie por abandono del hogar.

-Loren, estoy hundida pero no me he quedado sin neuronas. Le he dicho que me llamaste porque tenías una crisis vital. Además, coincide que, como siempre, está de viaje. Y los chicos estarán un mes en Irlanda. Y en el curro, me he cogido todos los días libres que me deben. Les he hecho un favor, las ventas no van muy bien… Lo tengo todo controlado.

Qué máquina, qué capacidad de organizarse pese al dolor. Eso siempre me admiró de Carol. Pero es que yo también era muy buena en lo mío y se lo iba demostrar.

“Vamos a hacer terapia de relajación. A espantar las penas cocinando”

-Carol, deja lo que estás haciendo. Vístete que nos vamos al súper. No me mires así. Vamos a hacer terapia de relajación. A espantar las penas cocinando. Y de paso me doy un homenaje. Titín me ha vaciado los armarios y la nevera de todo producto susceptible de engordar. ¿No ves que tengo la cara verde? Venga, espabila. Que vamos a hacer bizcochos, magdalenas…

Carol se dejó guiar. Salió de su letargo, se bajó de los tacones y caminó por el sendero de la humildad. A pesar de la tragedia, estábamos felices. Al cabo de dos horas, la cocina era un campo de batalla. Había harina por todas partes, restos de azúcar, moldes… Ataviadas con unas camisetujas, shorts, y delantales… Lo pasamos pipa… Y Carol comenzó a tararear una canción que le enloquecía: Sé lo que no quiero, ahora estoy a salvo…

-Ponla a tope. Me rechifla Rozalén. Este es su último tema: La puerta violeta… Mira, como la tuya…

Tomar distancia

Así, como dos niñas, bailamos mientras nos salpicábamos con las cucharas de madera… La pequeña cocina se transformó en una pista de discoteca. Libres, felices, saltando, riendo, gritando… Hacía tiempo que no me sentía tan, tan bien… No podía parar de sonreír. Os aseguro que me había quitado diez años de encima… El mejor lifting, pero esta vez de sentimientos. La maldita maleta, hoy estaba vacía.

Con el paso de los días las cosas se fueron asentando. Carol hablaba a diario con su todavía marido. Parecía que tomar distancia le estaba ayudando. Dicen que cuando tomamos distancia pensamos con más claridad, serenidad y, sobre todo, nuestra motivación aumenta.

“Solo tú eres dueña de tu vida, y hagas lo que hagas, estaré contigo”

“No te voy a juzgar, decidas lo que decidas”, le dije una mañana nada más despertarnos. “No soy quién para hacerlo y no camino en tus zapatos. Solo tú eres dueña de tu vida, y hagas lo que hagas, estaré contigo”. Realmente yo sí que había cambiado. Antes la habría juzgado, dado consejos y casi obligado a actuar cómo yo creía que era lo correcto. Pero, de alguna manera, también tomar distancia me había ayudado a ver tener nuevos enfoques y una visión más amplia de la ida. Antes era de blancos o negros. Ahora me muevo en la escala de los grises. La vida es demasiado corta, y a veces perdemos valiosos minutos en analizar futuribles y en dar demasiadas vueltas a las cosas.

-¿Has pensado que ese minuto que ayer desperdiciaste en estar decaída, ya no volverá?

-Hija, Loren, tú sí que te has levantado hoy filósofa. ¿Y tú has pensado que las personas cambian y que pueden cambiar de forma de pensar?

-¿Por qué lo dices?

-Pues… no sé es que me da la sensación de que no te enteras de nada…

-Loren, Carol, chicas, hoy toca picnic… nos vamos de excursión!!!!!!!

Los gritos alborotados de Titín cortaron de nuevo nuestra conversación. Me quedé con la duda de saber qué me quería decir Carol, ¿quién había cambiado?

CONTINUARÁ