-Voy a salir de la zona de confort!!!!!!! Madre mía, madre mía… Que me ha tocado!!!!!!!!!!!!!!

-¿Quién te ha tocado ahora? ¿Con quién pasaste la noche, Loren? Estás desatada desde que lo dejaste con Tim. Chica, lo tuyo es de Oca a Oca y tiro porque me toca…

-Ay, Thelma, hija, que no te enteras. Que he participado en un sorteo de esos que te ofrecen un sueldo para toda la vida. ¡Y me ha tocadoooooooo! Y, lo he aceptado, por supuesto. ¿Por qué no dices nada, no te alegras por mí?

-Perdona, pero ya sabes no lo puedo evitar, me lo llevo todo al terreno laboral y, claro, tenías que haber hablado conmigo. ¿Sabes que de ese sueldo hacienda se queda un gran tanto por ciento? ¿No se te habrá ocurrido renunciar a tu curro?

Al escuchar esa pregunta un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Por supuesto que había dicho adiós y me había quedado más ancha que larga y eso que mido uno 1,77 y peso 60 kilos.

“Estaba cansada de cargar con esa ¡maldita maleta! En ese momento decidí salir de la zona de confort”

Llevaba quince años trabajando en la pequeña editorial y mi jefa era gilipollas no, lo siguiente. Una suerte de tarada, de persona tóxica, que vivía sola por obligación no por devoción como es mi caso. Vivía a base de ‘pastis’ (lexatin era su golosina preferida), que combinaba con toda suerte de licores a eso de las seis de la tarde. Recuerdo la imagen de su boca pastosa, intentando hablar de forma coherente cuando el alcohol hacía de las suyas. Era dañina, insegura, rastrera… Bueno no sigo que me caliento. Solo diré que estaba cansada de cargar con esa ¡maldita maleta! En ese momento decidí salir de la zona de confort.

“Quiero salir de la zona de confort e ir donde el corazón me lleve”

Dispuesta a poner en marcha mi plan, fui contundente: “Me voy, no te soporto más”. Sin reparar en daños, recogí mis cosas y salí de su despacho con la cabeza bien alta, y el corazón bien encogido. En el fondo soy una sentimental. Es cierto. Había pasado demasiadas horas de mi vida allí. Ahora, en mi cabeza resonaban las risas y los buenos momentos, que también los hubo, con mis compañeros.

Pero era hora de cambiar. Era el momento de salir de la zona de confort. La nostalgia no me iba a hacer recular. Lo tenía claro: o daba el paso ahora o nunca. Recuerdo que alguien me dijo que el tiempo pasa pero la vida se hace. Y sí, quiero hacer una vida para mí. Quiero ir donde el corazón me lleve.

Lo primero que hice al llegar a casa fue desmoronarme en el sillón. Con la mente en blanco mi mirada se perdió en la antigua estantería. Guardaba recuerdos de mi familia. Familia que los años se fue llevando y reduciendo al recuerdo. Sí, mis padres habían fallecido hacia ya cinco años. Y no, no tenía hermanos. Entonces, mis ojos se abrieron de par en par, y mi corazón comenzó a latir con fuerza: me iría a la casa de la playa. La decisión ya estaba tomada y el viaje puesto en marcha. Por fin, iba a salir de la zona de confort.

-Chicas, me marcho. Parto de cero. Lo siento no os diré dónde pero sí os escribiré de vez en cuando. Necesito estar sola, encontrarme y encontrar mi destino.

Ese fue el escueto whatsapp de despedida que envié a mis amigas cuando estaba a cien kilómetros de Madrid. Así me aseguraba que una triste despedida no me detendría.

“El peso del pasado se desplomó sobre mis brazos con una crudeza como jamás había sentido”

Pero nadie dijo que trazar una nueva vida iba a ser fácil. Mis ilusiones, mis nervios y me esperanza de ser feliz de una vez por todas se desvanecieron en cuanto abrí la puerta de vieja casa de la playa. El peso del pasado se desplomó sobre mis brazos con una crudeza como jamás había sentido. Los recuerdos se agolpaban en mi mente como una carrera sin freno. Las lágrimas corrían atropelladamente por mi rostro.

Tras pasar los primeros treinta minutos sumida en un mar de penas, me lavé la cara con la esperanza de apartar de mi cabeza viejos recuerdos. Me enfundé un viejo vaquero corto que encontré en un armario, un kimono antiguo, pero que según las revistas de moda era lo más para el verano, y unas viejas zapatillas. Me lancé calle abajo y tras caminar quince minutos sin rumbo fui a parar a la playa. Estaba nublado, y amenazaba con llover. “¡Lo que me faltaba!” Suspiré. Como hipnotizada me senté en la arena, y me dejé arropar y consolar por el sonido del mar. Las olas golpeaban con la misma intensidad que mis pensamientos martilleaban mi corazón.

“Me imaginé cobijada entre sus brazos. Que su aliento me reconfortaba, que sus manos curtidas dibujaban caricias en mi cuerpo”

Entonces, mi ojos vislumbraron una figura en el agua. Moreno, alto… Rápidamente mi mente dio un giro a la historia. Las fantasías ahora se apoderaban de mí. Me imaginé cobijada entre sus brazos. Que su aliento me reconfortaba, que sus manos curtidas dibujaban caricias en mi cuerpo y comprendí que del dolor al placer se podía pasar en tiempo récord. Pero era solo eso un sueño, el anhelo de volver a sentirme amada. Pero para eso aún tenía que pasar mucho tiempo.

Mucho más tranquila y animada regresé a casa tras comprar una serie de víveres para poder pasar los dos próximos días. Me preparé un café y me dispuse a hacer inventario de todo lo que había y no había en mi pequeño apartamento.

En esas estaba cuando las risas y carreras de una niña pequeña llamaron mi atención. Era menuda, morena y con el pelo largo y rizado. Su alegría era contagiosa y su vitalidad una inyección para mí.

-Hola, ¿quién eres? Yo vivo allí… Me llamo Luna. ¿Y tú?

CONTINUARÁ