Relato erótico: El reencuentro (sexo y amor ya sin límites)

Foto cedida por Eterna

Era un día común, gris, como la mayoría de sus últimos 365 días. Estaba hastiada, cansada de su propia existencia. Nada le ilusionaba, la rutina se había apoderado de ella. Vagaba por la calle como una sonámbula, con la esperanza de que algo despertaría su alma y le haría palpitar como antaño. Como cuando era una reputada abogada… ¿Realmente aquello existió? ¿O su mente estaba jugando con ella? El pasado rascaba su alma hasta hacerle gritar de dolor… ¿Quién era ahora realmente?

En esas estaba cuando de repente se topó con algo. Más que con algo con alguien; grande muy grande… Sintió un escalofrío, no sabía si de miedo, angustia, vergüenza o placer… Aquel cuerpo realmente apetecible, cálido… le resultaba familiar… Esa mirada, aquella media sonrisa y su voz…

-¡No puede ser! ¿Eres tú? Ha pasado tanto tiempo…

-En cambio, tú estás igual…

No sabía si sentirse halagada o decepcionada. ¿Quería decir que el tiempo le había tratado bien o que no había evolucionado un ápice?

Da igual, pensó. Pero se acuerda de mí, reconoció triunfal. Y de repente un torrente de sentimientos e imágenes colapsaron su mente. Sentía como le ardía la cara mientras él la estaba desnudando con la mirada. Esa sensación le era familiar. Retrocedió unos cuantos años. Pero el recuerdo era tan nítido que le daba la sensación de estar viviéndolo en ese mismo instante. A él le pasaba igual.

Sobraban las palabras, hablaba el deseo… Ese deseo que muchos, pero muchos años atrás, le había llevado a un destartalado coche.

Sus dedos recorrían habilidosos su cuerpo frágil, inocente, virgen… Se detuvo un instante para clavar su mirada en sus ojos entrecerrados por culpa de la excitación. Su mano acarició sus pechos tersos… Llevaba una camisa de seda, ligera, suave… que marcaba sus pezones ahora duros por la excitación. Sin desabrocharla, su boca jugaba con su pezón, mientras su mano se deslizaba rápida hacia su sexo. Ella estaba a punto de desmayarse de placer, pero a la vez se sentía paralizada… Quería tocarle… Pero…

-¿Te acuerdas?

-Cómo olvidarlo…

Y sin ser conscientes del paso que iban a dar, sus labios comenzaron a devorarse como antaño. Ahora sabían más. Sus manos se buscaban, querían reconocer sus cuerpos con sus caricias, apreciar cómo habían cambiado.

-¿Estás segura de lo que vamos a hacer?, le preguntó él visiblemente excitado mientas habría la puerta de un viejo hotel.

-Bésame, por favor. No digas nada.

Y así lo hizo. No dejó un rincón de su cuerpo sin explorar. Con destreza desabrochó su sujetador, y contempló sus pechos generosos, y ardió en deseos de perderse en ellos. Ella, con gran agilidad, le dio la vuelta y consiguió tumbarle y sentarse encima. Su sexo húmedo se ofrecía a dar cobijo a su falo, duro, erguido, soberbio…

Espera, no corras tanto… Y con una habilidad pasmosa él tomó el control de la situación. Ella se dejó hacer. Con suma maestría se deslizó en busca de… lamió sus muslos, mientras jugaba con su lengua acercándose a su clítoris. Ella no podía más. Gemía, jadeaba y le suplicaba más…

Sexo y amor

Ambos estaban dispuestos a gozar de aquellos momentos de placer como nunca. Entonces, fue ella la que recuperó el control de la situación. Ahora era ella que recorría todo su cuerpo con su lengua excitada, la que introducía su miembro en su boca. Él no pudo más… La agarró con fuerza hasta lograr colocarla en la postura perfecta para hacerle el amor.

Porque aquello, además de sexo, había sido amor. Sexo y amor de dos perfectos conocidos, de un marido y una mujer que llevaban meses viviendo como dos perfectos desconocidos. Y que ese día se habían encontrado fortuitamente en la calle.

Habían fingido, sin saber por qué, que hacía tiempo que no se veían. Cuando la realidad era que aquella misma mañana habían desayunado juntos sin apenas cruzarse cuatro palabras. Ambos habían mojado las ganas en el Capuccino y se habían bebido el deseo a grandes sorbos. ¿Qué les había pasado? ¿Ya no era posible sexo y amor?

Ya daba igual… Se habían reencontrado… El deseo, enterrado por la rutina, el estrés, el tedio…, había resucitado. Estaba ahí y ya no les abandonaría nunca. Sexo y amor ahora eran uno, un nuevo camino…