Partir de cero y esperar a que llegue la calma. Es cierto, después de una gran tormenta, la calma hace su aparición soberbia, espectacular, imponente… Dejando a su paso una estela de paz, confianza, seguridad… Pero para que llegara la mía muchas cosas tenían que pasar. Nadie dijo que partir de cero sería fácil.

Mi vida se había convertido en una montaña rusa de emociones. Tan pronto estaba arriba bailando bajo la lluvia, comiéndome el mundo… Como caía en un estado de desolación y destrucción que era incapaz de levantarme del sofá. Partir de cero era mi consigna todas las mañanas.

Titín había venido para quedarse por unos días… Eso dijo. Pero de eso hace ya casi un mes. El tiempo necesario para recuperar la movilidad de mi pierna, y dejar de piedra mi corazón (no quieras saber tanto, en breve te lo cuento).

“Titín y Bruno se habían hecho inseparables”

La noche que se conocieron Bruno y Titín dio un giro radical a nuestras vidas. Titín siempre ha sabido convertirse en el alma de la fiesta. Aquella noche solo éramos tres, no era difícil destacar. Y, claro, él lo hizo.

Acabamos cuando los barrenderos colocaban los nombres de las calles. No digo más. Sí, borrachos como cubas. Bailamos, reímos, cantamos… Pero no hubo confidencias, solo nos dejamos llevar y disfrutamos.

Desde entonces Titín y Bruno se habían hecho inseparables.

-Loren, nos bajamos a la playa, queremos aprovechar hoy que hay olas.

-¿Te apuntas a conocer los pueblos de alrededor?

Claro que me apuntaba a todas y cada una de sus ocurrencias. Y cuando estábamos en la playa, y ellos surfeaban, me encantaba recrearme mirando sus cuerpos. El sonido del mar, las caricias de la brisa, el suave sol sobre mi piel… Y esos dos hombres que me volvían loca… pero con los que no había conseguido hacer nada de nada. (Menos mal que el juguetito de Carol me sirvió en más de una ocasión para apagar mis ardores. Rondaba los 40 y la virginidad estaba a la vuelta de la esquina de seguir así…)

Partir cero: la llegada de Carol

Una tarde decidí regresar pronto a casa. Las caras de Titín y Bruno eran un poema. No sabría decir si estaban decepcionados porque su admiradora número uno se retiraba… O felices porque se quedaban solos (qué tontería, no sé por qué pensé en esa posibilidad… Imposible, lo mires por donde lo mires).

Cinco minutos después de dejar el bolso en la repisa, sonó mi móvil.

Loren, soy Carol. ¿No has visto mis whatsapp? Te he mandado como diez. Eres un desastre. Desde que decidiste convertirte en ermitaña… Menos mal que he dado contigo. Sí, me imagino tu cara. Loren, estoy a dos minutos de tu casa.

Impresionante. Mi pequeño apartamento empezaba a parecer una casa de acogida. Una ONG de sentimientos, el consultorio de Elena Francis. Dios mío… ¿qué ha pasado con mi retiro? ¿No era que la que tenía que apartarse del mundanal ruido era yo?

Titín terminó confesándome que había roto con su multimillonario novio. Un colombiano que había resultado ser el gay más hetero del planeta. Una despampanante rubia, al más puro estilo choni de alta alcurnia, que también las hay… le había robado el corazón y hecho añicos el de mi amigo. Bruno, sin mediar conversaciones, se había convertido en parte imprescindible de mi vida… La pequeña Luna, que cuando regañaba con su abuela, venía a buscar consuelo en mis brazos… Tristán, la mascota que me había reconciliado con el mundo animal… Y ahora Carol.

Sorpresas te da la vida

Dicen que la intensidad, aunque duela, te hace sentir viva. Y mi vida en estos momentos era muy pero que muy intensa. Y, por lo tanto, yo estaba más viva que nunca.

Me armé de valor, de todo el chocolate que encontré en el supermercado y varias botellas de vino. Lo iba a necesitar. Carol venía dispuesta a hacerme partícipe de sus miedos, temores, frustraciones… ¿Pero no era tan feliz con su marido y sus tres hijos? Sorpresas te da la vida.

-Quiero divorciarme.

-Chica, para el carro. ¿Me lo sueltas así? Dale un trago por lo menos y mejor si me lo cuentas desde el principio, ¿no crees?

-Mis hijos tienen ya más de 18 años. Ya no me necesitan. Estoy harta de mi trabajo y…

“Me siento vacía, sola y, sobre todo, triste, muy triste (…) Pero me da miedo partir de cero”

En ese momento a Carol se le quebró la voz. Trataba de sonreír, pero una mueca de dolor teñía de amargura su rostro. Entonces la miré a los ojos y vi, por primera vez en ella, a una mujer abatida, una mujer asustada… La abracé y sucedió lo inevitable: rompió a llorar.

-No quiero venir a amargarte… te veo bien, creo que estás feliz.

-Carol, cuéntamelo todo.

-No soporto a Javier. Estoy cansada de su indiferencia, vive por y para el trabajo y nos hemos convertido en dos extraños que comparten cama en contadas ocasiones. Ya no puedo más con sus viajes, sus reuniones hasta altas horas de la madrugada.

Al ver mi cara de estupefacción y tal vez intuyendo la pregunta que le iba a hacer, Carol habló alto y claro.

-Lo sé, fue el pacto al que llegamos: él nos proporcionaría una vida rodeada de lujos, buena casa, mejor coche, colegios de élite. Lo sé. Fui tan culpable como él. Pero el precio ha sido demasiado alto. He hipotecado mis sentimientos, mi felicidad. Estoy vacía. Sola, amargada… Y sobre todo, triste, muy triste. Me siento como una valiosa figura de cristal, que no la tocas por miedo a que se rompa… Una figura que adorna tu casa, pero no aporta nada más. No puedo seguir así. Tengo ya 50 años y mi vida es una mierda. Pero soy una cobarde. No sé cómo decírselo. Tengo miedo a la reacción de mis hijos, al qué dirá de mi familia, al rechazo de mis amigos… Y, sobre todo, tengo miedo a partir de cero. ¿Cómo lo hago, Loren? ¿Me quedo en la cajita de cristal o…?

No supe qué decirle. Era complicado. Yo bien sabía que partir de cero era una carrera dura, intensa, complicada… Y sin garantías de llegar indemne a la meta. Pero era mi amiga… Solo podía darle cariño, ofrecerle mi morada como remanso de paz, escucharla y acompañarla en sus momentos más duros. Para eso están las amigas, ¿no?

CONTINUARÁ