Me quedé en estado de shock. Estaba paralizada. Mi cuerpo, agarrotado. Mi mente, en blanco. Solo recuerdo un sudor frío que me recorría toda entera. Mi mente estaba a mil. Como si fuera un viejo proyector repasaba una a una todas las imágenes de mi infancia. Y no recuerdo más. Lo siguiente, una habitación luminosa. La luz me cegaba. Apenas podía moverme. Seguía en estado de shock. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

Dicen que el estado de shock se produce cuando recibimos una noticia inesperada, o vivimos un acontecimiento traumático. No lo consideraría traumático, pero sí impactante.

-Loren, ¿cómo estás? Vaya susto que nos has dado… Voy a avisar a mi tío. Qué bien que ya estés despierta.

“No sabía quién iba a caer en estado de shock si el médico o yo”

Volví a la realidad de golpe. Solo una imagen aparecía ante mí. La imagen de sus ojos, profundos, intensos… su mirada, esa mirada del pasado con la que tantas y tantas veces había soñado. ¿De verdad era él? ¿Por qué ahora? ¿A qué jugaba el destino?

-Buenos días. ¿Cómo se encuentra? Parece que mucho mejor que ayer. No se alarme, ha sufrido un shock. Se desvaneció, y al caer se hizo una brecha.

Por su gesto taciturno intuí que algo iba mal. Había algo más que no se por qué el buen hombre se tomaba su tiempo para contármelo. La impaciencia se apoderó de mí. Con un tono desafiante y pelín borde me apresuré a preguntarle: ¿Pasa algo más, doctor? 

-Sí, quería decirle… Ha perdido el bebé. 

-¿Bebé? ¿Qué bebé? Creo que se equivoca de paciente, le espeté más borde que antes.

-No, señora. Usted estaba en su sexta semana de embarazo. ¿No lo sabía? 

La cara del médico era un poema. Un poema mayor que la mía. No sabía quién iba a caer en estado de shock si él o yo. ¿Cómo he podido no darme cuenta? ¿Cómo he podido centrarme tanto en mí misma que hasta me he olvidado de mí? ¿Es pura contradicción, no?

¿Marido? ¿Qué dice este loco? ¿He perdido la memoria? ¿Ahora estoy casada y no lo recuerdo?

Mientras mi cabeza trataba de sobreponerse al tsunami, el buen doctor seguía a lo suyo como si tal cosa:

-No se preocupe, en breve le daremos el alta. Enseguida avisamos a su marido.

¿Marido? ¿Qué dice este loco? ¿He perdido la memoria? ¿Ahora estoy casada y no lo recuerdo? ¡Dios mío, me quiero morir! Ahogada en mi laberinto, arrasada por el huracán de noticias me encontraba cuando él entró en la habitación. Mi mirada debió asustarle…

-No me mires así, por favor. No soy un fantasma. Sí, soy yo. Nunca imaginé que nuestro reencuentro sería de esta manera…

-¿Bru-no? Apenas pude balbucear. Sí, mi cara era la de haber visto a un fantasma del pasado. Sí, mi maldita maleta volvía a atraparme en un laberinto de sentimientos revueltos. Mi cabeza era similar a cuando haces la maleta de regreso de tus vacaciones, y guardas a mogollón la ropa que llevas semanas usando… Esto era el fin. Estaba a punto de caer nuevamente en estado de shock. ¿Cómo era posible esta escena? Mi peor pesadilla se hacía realidad.

“Es para tirarse de los pelos, cortarse las venas o tirarse por la ventana como poco…”

Vale, te resultará muy frívolo lo que te voy a decir, pero que te reencuentres con el amor de tu vida en la cama de un hospital, tras haberte dicho que has sufrido un aborto cuando ni tan siquiera sabías que estabas embarazada…. Y para colmo con cara de colgada, pelos de loca, y como único modelito una triste, fea, insulsa, y minúscula bata blanca que a penas te tapa… Es para tirarse de los pelos, cortarse las venas o tirarse por la ventana como poco… Para nada, lo mejor: fingir que te vuelves a desvanecer. Y así lo hice.

De repente me sumí en un sueño profundo lo que provocó que Bruno, alarmado, avisara a la enfermera. Ella, muy profesional, le pidió que abandonara la habitación. Y cuando nos quedamos a solas, la enfermera flipó. Le conté un poco por encima lo que me estaba pasando. Me acababa de enterar de que había estado embarazada durante seis semanas. Había perdido el bebé… Me había desmayado al ver a un antiguo amor… Eran tantas y tantas cosas… que ni el guión de esas películas que echan en la sobremesa algunas cadenas… Y la mujer tuvo que hacer esfuerzos para que no se le escapara o bien una lágrimas o, lo que es peor, una risita de… será gilipollas esta tía… Estoy convencida de que lo pensaba, y no le faltaba razón.

“Delante de la peque, los dos fingíamos una extraña normalidad, cordialidad…”

Cuando por fin pude recuperar la poca dignidad que me quedaba, vino el médico para darme la buena noticia: Podía volver a casa. Tan solo tenía que controlarme por mi médico habitual y evitar sorpresas, sustos… o cualquier evento que me desestabilizara emocionalmente. Qué chiste, con lo que tenía encima…

-Luna, ya estoy bien. Me ha dicho el médico que ya puedo volver a casa. Gracias por cuidar de mí.

Mi pequeña amiga me abrazó con tanta fuerzas que pensé que de nuevo mi vida corría peligro. Sí, soy exagerada por naturaleza. Giró su cabeza. Y, con total normalidad, le dijo a Bruno que trajera el coche para llevarme de vuelta a casa. Esta niña era increíble. Como increíble era la situación con Bruno. Y es que delante de la peque, los dos fingíamos una extraña normalidad, cordialidad… Entonces pensé en que las madres, y por supuesto también los padres, son verdaderas heroínas capaces de transformar una situación dramática, en algo mucho más asumible para un niño.

CONTINUARÁ