Dolor, tristeza y soledad. Bien podrían ser mis verdaderos nombres. Bien podría ser el único equipaje de mi maldita maleta. Hacía tres días que acababa de volver del hospital. Bruno ya no estaba. Según me dejó en mi casa, una llamada urgente le robó de mi lado. Lo nuestro era imposible. Una relación condenada al fracaso. Una esperanza que no había nacido y ya se había esfumado. Como el bebé que acaba de perder. Sí, ahora ya era un poco más consciente de lo sucedido. Pero solo yo y nadie más que yo lo sabía. Dolor, tristeza y soledad… se había unido para desgarrar mi alma.

“A nadie le gusta escuchar penas, ni consolar a una persona herida”

Apenas había amanecido cuando bajé a la playa. Extendí con desgana la toalla, y me acurruqué en la arena. Necesitaba el olor del mar… apreté con fuerza un puñado de arena para después dejarla escapar. Estaba sola, no tenía a nadie. Es curioso, cuando vivía en la gran ciudad y tenía un buen trabajo mi móvil no paraba de sonar. “Tengo el whatssapp que echa humo”. “¿No me pueden dejar un segundo de tranquilidad?” Ahora nadie se acordaba de mí. Ni mis amigas. Seguramente a nadie le gusta escuchar penas, ni consolar a una persona herida. Es mejor disfrutar de unas merecidas cañitas o una apasionante tarde de compras. El universo entero se había olvidado de mí.

Dolor, tristeza y soledad

Y yo me sentía tan dolorida, triste y sola… Había perdido un bebé sin tan siquiera saber que existía. Era cruel. ¿O había sido lo mejor? ¿Qué tipo de madre hubiera sido? ¿Y si yo no le gustaba como madre? ¿Y si no le hubiera sabido cuidar? Demasiado tarde para hacerme esas preguntas. Demasiado pronto para llorar. Pero sí, me rompí. No podía controlar mis lágrimas, me regocijé en el dolor. Me retorcí en la tristeza. Y lo peor de la tristeza es no tener con quién compartirla. Poco a poco me sumí en un sueño profundo, mucho cansancio acumulado.

No sé cuántas horas estuve en brazos de Morfeo… De repente me despertó una extraña sensación húmeda, caliente… Abrí los ojos asustada y me encontré con unos grandes ojos que me miraban expectantes. ¡ERA UN PERRO! Dios, no sabéis lo poco que me gustan los perros. Mi relación con ellos era un tanto especial. Mis motivos tenía. Algún día os los contaré.

Fue tal el respingo que di, que el animal se asustó. Pero era persistente. Vaya si lo era. Enseguida volvió a mi lado, para ponerme sus patas encima y provocarme para que lo acariciara. Y para mi sorpresa lo hice. Pasé mi mano, temerosa, por su lomo, enredé mis dedos en un pelaje y le miré a los ojos. Las lágrimas volvieron, y él de nuevo me lamió. Había nacido un vínculo extraño entre nosotros. Dolor, tristeza y soledad… comenzaban a resquebrajarse. Él me había ayudado a levantarme después de tocar fondo. Un nuevo día había amanecido.

“Si estás triste sonríe, porque no hay mayor tristeza, que la tristeza de no verte sonreír”

Y como si fuéramos amigos de toda la vida, nos encaminamos hacia casa. Mi cabeza, ya despejada, se centró en proporcionarle bienestar a mi nuevo compañero de vida. Una cadena, una colchoneta para que él duerma, visita al veterinario… La vida me daba una segunda oportunidad.

Tristán fue su nombre. Dicen los entendidos que este nombre significa “el que no demuestra su tristeza”. Le iba como anillo al dedo, ¿verdad? También hay quien dice que “si estás triste sonríe, porque no hay mayor tristeza, que la tristeza de no verte sonreír”. Y así lo hice, sonreí a la vida.

CONTINUARÁ