Me llamo, Loren y vivo en aquel apartamento. ¿Y tú, también vives aquí?

Sí, con mi abuela y mi tío. También voy al cole, al único que hay en el pueblo, y tengo muchos amigos. Hoy estoy un poco mala y por eso no he ido.

¡¡¡¡¡¡¡¡¡Luna!!!!!!!!!!!!!! Por dios, sube a casa que estás mala.

Esa es mi abuela. Los niños dicen que es un poco gruñona, y los mayores la acusan de cotilla. Pero yo sé que es muy buena y, aunque le cuesta demostrarlo, sé que me quiere mucho. Me voy antes de que se enfade.

La madurez de esa pequeña me dejó desconcertada. Además, sus ojos… Me resultaban tan familiares. Tal vez la inocencia que vive en la mirada de los niños es lo que me hizo pensar que la conocía de algo. Además, era imposible… Hacía muchos años que no visitaba la casa de playa…

“El dolor, los últimos acontecimientos… sí que habían modificado mi corazón”

21 días es lo que dicen que las personas necesitamos para adaptarnos a las nuevas situaciones. En una ocasión leí que un tal Maxwell Maltz, reconocido cirujano plástico, empezó a darse cuenta de un patrón que seguían sus pacientes: cuando les modificaba algún rasgo de la cara, por ejemplo, la nariz, les llevaba 21 días acostumbrarse al nuevo aspecto.

El dolor, los últimos acontecimientos… sí que habían modificado mi corazón. ¿De verdad que en 21 días iba a conseguir adaptarme a mi nueva situación? De momento las cosas no iban como yo esperaba.

Mierda, el grifo pierde agua. La puerta del armario se atranca, la caldera es una odisea encenderla… Y no soy fontanera. Si hubiera querido ejercer esa profesión me habría preparado para ello. Pero sólo sé escribir. Juntar letras y contar historias.

De hecho, por eso empecé a trabajar en la pequeña editorial. Con la diferencia de que allí jamás podría sentirme realizada, porque odiaba corregir los libros que los demás escribían. Necesitaba escribir el mío propio y este era el mejor sitio para encontrar inspiración. Pero no, no iba a ser posible e iba a necesitar más de 21 días para poner en marcha mi nuevo hogar.

“Cada vez que le veía mi mente viajaba a noches apasionadas, húmedas, fogosas…”

Sí, estaba hablando sola. Desde que había llegado a la casa de la playa no hacía otra cosa. Tampoco me había dado tiempo a conocer a mucha gente… Pero la playa, ay la playa, allí sí que encontraba la calma. Y el tormento, porque la imagen de aquel chico (sinceramente no sabría deciros todavía su edad) en el mar, desafiando las olas y el frío, me tenía loca. Cada vez que le veía mi mente viajaba a noches apasionadas, húmedas, fogosas… Lo que hace la imaginación… Sentía que hacíamos el amor una y otra vez, que decía que me amaba… Y con soñar me conformaba.

Entonces, recordé un párrafo que leí en El Principito. Decía algo así: “Por supuesto que te haré daño. Por supuesto que me harás daño. Por supuesto que nos haremos daño el uno al otro. Pero esta es la condición misma de la existencia. Para llegar a ser primavera, significa aceptar el riesgo del invierno. Para llegar a ser presencia, significa aceptar el riesgo de la ausencia”.

Mi mente entonces voló en busca de esas ausencias. Ausencias de aquellos días felices, en los que correteaba por esa misma playa que hoy me parecía tan desconocida y ajena a mí. Recordar a ese mejor amigo que tenía me hizo sonreír.

“Solo tenía diez años, pero sabía que estaba enamorada de Bruno”

Teníamos diez años, era alto, de nariz prominente y ojos verdes. Pelo negro. Y la sonrisa más bonita que jamás había visto. Solo tenía diez años, pero sabía que estaba enamorada de Bruno. Él de mí no. Bruno bebía los vientos por una niña llamada Karen. Una guapísima morena que tonteaba descaradamente con él. Yo era su paño de lágrimas, su confidente y amiga fiel. Pero todo se estropeó el día que comenzó a salir con ella.

Aquello coincidió con mi marcha de la playa. Para aquel entonces yo tenía 15 años y él, 18. Nuestra amistad se disipó, se perdió para siempre en lo más profundo del mar. Cuando nos despedimos, dibujamos corazones de amistad en la arena… y prometimos seguir siendo amigos. Pero aquellas promesas, cuando subió la marea, el agua las borró. Qué frágil es la arena. No sabe mantener a flote las promesas…

“Estaban predestinados el uno para el otro”

No volví a saber nada de él hasta muchos años después. También se había venido a vivir a Madrid. Y tenía novia: ella, Karen. Al final, sí iba a ser que estaban predestinados el uno para el otro. Y ya que hablamos del destino ese fue el culpable de que nos volviéramos a ver. Sí, qué caprichoso es.

Imaginaos la escena: un salón de bodas… decenas de invitados. Parejas felices y enamoradas celebrando su recién estrenado matrimonio… Y ahí estaba yo, en la boda de unos amigos. Sola, soltera y entera, Bueno lo de entera es un decir… Me refiero a que no mantenía ninguna relación seria. Muchos amores fugaces, pero ninguna relación consolidada.

De repente, en nuestro salón irrumpió una pareja. Altos, guapos, sonrientes, felices… Eran conocidos de mis amigos y querían darles la enhorabuena. Se habían conocido en los cursos prematrimoniales, y juntos también visitaron dichos salones. Al final, y después de muchos locales visitados, habían escogido el mismo salón para celebrar el enlace. Tenía que ser el mismo… Pero, ¿quién era esa pareja? ¿Quién era el novio? Efectivamente.

CONTINUARÁ