Estoy a punto de marcharme de vacaciones y me entran escalofríos al pensar en esta idea: quedarse sola en la playa con los niños.  Sí, llamadme exagerada. Pero es que el año pasado me quedé una semanita sola en la playa con mi prole y me pasó todo, todo, lo que no quería que me pasara. Y es que  hay que tener cuidado con lo que se piensa, con lo temores y los miedos porque es posible que todo se haga realidad aunque estés de vacaciones.

Resulta que tengo un miniapartamento en la playa. Sí, es como la casa de Pin Pon o el camarote de los hermanos Marx. Lo tengo en Alcocéber, un pueblecito encantador situado en Castellón. ¿Os acordáis de la canción de Luis Aguilé “Nadie me quita mis vacaciones en Castellón”, pues sí la compuso en mi honor. Bueno voy al grano que me disperso.

Quedarse sola en la playa con los niños

La cosa es que mi #buenmarido creo que estaba deseando quedarse en Madrid de Rodríguez e insistió lo que no está en los escritos para que nos quedáramos en la playa una semanita más. Los niños, claro, encantados. Ellos a su rollo con sus amigos, su piscina y su playa…

Y yo: subiéndome por las paredes. Sí, no pongáis esa cara. Es que yo trabajo aunque esté de vacaciones. Me llevo mi portátil y soy lo más parecido a un mueble decorativo. Pero por lo menos hago acto de presencia y mis hijos tienen sus necesidades básicas resueltas (es decir, comida, ropa limpia y sitio para dormir).

Me convertí en Indiana Jones para matar a una cucaracha

Uno de mis pánicos son los bichos. No es que en un apartamento de playa haya muchos. Pero, como os he dicho, si le temes a algo y lo piensas al final se cumple. Así ocurrió. La primera noche de madre coraje, soltera, pero no entera, un bicho gigante, una cucaracha horrible se coló en el apartamento. Como corría la jodía. Desesperada, con ataque de pánico y un sudor que recorría mi frente, me enfrenté a ella. Zapatilla en mano, al más puro estilo Indiana Jones, le metí un zapatillazo que quedó aplastada en el suelo.

Pasado el primer sofocón, llegó el siguiente. Los niños dormían plácidamente. Y yo me disponía a hacer lo mismo. Era ya muy tarde. Me había tocado trabajar casi toda la noche. Y al tiempo que Internet Explorer decía cerrar pestañas, las mías le obedecían de inmediato. Con lo que no conté fue con que no iba a tener fuerzas para convertir el sofá en cama. Solo hay que empujar un poquito… o eso pensaba yo. Pues nada el sofá duro como una piedra, incapaz de convertirlo en cama. ¿Qué hice? Dormir acurrucada sin abrirlo. No os cuento el dolor de espalda al día siguiente.

Calista duerme en el sofá. quedarse sola en la playa con los niños

Me quedé sin Internet

Pero ahí no quedó todo. Días después se hizo realidad otro de mis temores: me quedé sin Internet. Vodafone por obra y gracia de la tecnología me quedé incomunicada. ¿Qué hice? Coger a los churumbeles en plena siesta, a 40 grados de temperatura, e irnos a pasar una agradable tarde trabajo versus canguro de mis hijos en la biblioteca.

A todo esto hay que sumarle el día que el pequeño sufrió un terrible dolor de oídos a las doce de la noche. Gritando de dolor, con la farmacia cerrada y sin medicinas. ¿Se puede pedir más? Por suerte, mi amiga de verano acababa de llegar a su apartamento y ella sí era una madre precavida y tenía provisiones de Dalsy…

¿Entendéis ahora por qué se me ponen los pelos como escarpias solo de pensar que vuelvo a ejercer este verano de madre soltera, y no entera? Contadme vuestras experiencias, que ya sabéis mal de mucho… Yo cambio el refrán y digo aprendizaje de listas.

P.D.: Os escribiré desde la playa.