Decidido: me entrego a la decisión de abandonar la dieta. Tiempo récord: un mes cerrando el pico. Resultados: las primeras dos semanas fantásticas: dos kilos. La segunda, después de sobrevivir a base de verde y más verde (y no me refiero a que haya tomado una Heineken), tan solo he perdido 500 gramos. ¡¡¡¡¡¡500 gramos, ¿solo?!!!! Y encima la nutricionista me mira con de cara de inquisidora, mirada laxante, y me somete al tercer grado:

¿Has seguido rigurosamente la dieta? ¿Has cometido algún exceso?

Por dios, ¡excesos! El último exceso que he cometido ha sido oler el bocadillo de chorizo de mis hijos, y tomarme dos platos de lechuga a secas en lugar de uno. Así de tajante le he respondido. (Lo que no le he contado es que no he dejado de comer pan, ni mi onza de chocolate por la noche… No creo que eso afecte a la pérdida de peso, ¿no?)

Pues no lo entiendo. Además retienes más líquido que la semana anterior.

¿Tengo yo la culpa? Es como si Montoro me echara en cara que me han aumentado la retención del IRPF.



Abandonar la dieta y recuperar mi vida social

Me planto. Además, confieso que ya me puedo abrochar los pantalones del año pasado, y los vestidos casi, casi sortean la curva de mis cartucheras. Por eso he tomado una decisión: voy a abandonar la dieta y doy paso a la Operación Pareo. ¿No la conocéis?

¡Ay chicas! Me llegó el otro día a mi Whatsapp y decidí adoptar esta tendencia. Es sencilla. Se trata de utilizar el pareo las 24 horas al día. En la playa o en la piscina, dando un paseo por la orilla del mar, que te vas a tomar una cervecita al chiringuito, pues dale al pareo. Y así, ojos que no ven, michelín que se camufla.

Y es que, desde que estoy a dieta, mi vida social está en coma farmacológico. No hay desfibrilador que la resucite. Como no sea un buen cocido… Y claro, así estoy: deprimida, amargada, cabreada… El fin de semana sin ir más lejos: barbacoa entre amigos. Y no una barbacoa de esas saludables, no. Que nosotros somos más de choricito, panceta y morcilla.

A Dios pongo por testigo que nunca más pasaré hambre

Pues nada, Calista se quedó en casa, lamiendo una lechuga. Hasta que la depresión fue tal que, al escuchar los gemidos del helado de chocolate que llegaban de la nevera, caí en la tentación. ¡Mmmm qué rico me supo! Y luego llegaron las patatas fritas, después los cacahuetes, para terminar coronando mi atropello culinario con una porción de pizza cuatro quesos…

Y por eso hoy he decidido pasarme a la Operación Pareo. ¿Qué gano teniendo un tipazo de escándalo si para conseguirlo me he quedado sin amigos? Pues eso. Que a partir de hoy me pongo pareo, y abro el pico. Y a Dios pongo por testigo que nunca más pasaré hambre.